Sancho IV contra Alfonso X. Un rey loco asola Castilla
Sancho IV de Castilla es conocido en la actualidad por el sobrenombre de “el Bravo”. Por su fuerte carácter, alto porte, por su tenacidad para acabar con sus enemigos, por su valor en el combate. Sin embargo, es posible que ese apelativo surgiera no por sus virtudes sino como deformación posterior de otro alias que recibió en tiempos: Sancho IV el “Pravo”, con “P” de Paloma en vez de B, un término en desuso que viene a significar ladino, desleal, engañoso, cruel.
La de Sancho es una figura controvertida. Hijo de Alfonso X, enfrentado a su padre. Hay quien lo defiende alegando que fue un hombre de su época. Finales del siglo XIII, en plena Reconquista, varios pretendientes por el trono. En un contexto de conflictos dinásticos hizo lo que tenía que hacer para defender su postura.
Sin embargo, la brutalidad de sus acciones, a menudo injustificadas, produjo el desangramiento del reino con consecuencias que aún se palpan. Entonces, ¿hizo lo que tuvo que hacer? ¿Le obligaron las circunstancias? O quizás hubo algo más. Un carácter cruel y despótico, rozando lo psicopático, al que no le tembló el pulso para regar de sangre su reino.
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
Sancho IV nació en 1258, y fue rey desde 1284 hasta su muerte en 1295. Su padre fue Alfonso X el Sabio. Este último monarca es uno de los pocos nombres que pertenecen al dominio público, al que casi todo el mundo ha oído nombrar. Impulsó las escuelas de traductores como la de Toledo. Con él numerosas obras del saber clásico grecolatino, así como del mundo musulmán, pasaron a Europa. Redactó escritos en verso y en prosa, incluyendo una Historia General de España, y fue de los primeros que potenció el uso de la lengua vernácula, en concreto del castellano, como idioma vehicular en lugar del latín.
Por supuesto, cometió errores. Como su vano intento de convertirse en emperador del Sacro Imperio. O que no dedicara los suficientes esfuerzos al proceso reconquistador, de tal modo que se perdió el Algarve frente a Portugal. O que la frontera del reino Nazarí de Granada se terminase de consolidar. Asimismo, ensimismado en su obra científica, humanista y legislativa, delegó numerosos asuntos en manos de otros. Por ejemplo, en 1275, cuando los benimerines del norte de África empezaron a hostigar las posiciones en el estrecho de Gibraltar, permitió que fuera su primogénito, Fernando de la Cerda, quien se colocase al frente de las tropas. El “de la Cerda” era un apodo. No tenía que ver con ningún animal. Se le llamaba así porque nació con un mechón de pelo, lo que se denomina una cerda de pelo, que le salía del pecho. En todo caso, para desgracia de su padre, Fernando falleció de manera repentina por una dolencia sin especificar justo antes de partir hacia el sur para enfrentarse a los benimerines, sucediéndole su hermano Sancho, el segundogénito.
Han pasado casi ocho siglos desde aquello. Lo único con lo que contamos para saber lo que sucedió son los documentos administrativos y notariales y las crónicas. Y estas a menudo son sesgadas, resumidas y redactadas por la corrección política del momento. Por ello, no podemos asegurar cómo fueron las relaciones entre padre e hijo, entre Alfonso y Sancho. Por lo que acabó sucediendo nos deja intuir que no se demarcaran especialmente afables. El hijo poseía un carácter fuerte en exceso, se enfrentaría más de una vez a su progenitor, posiblemente fuera contestatario.
Aunque hay algo que me lleva a barruntar que Alfonso, con respecto a su retoño, se encontraba en Babia. Demasiados asuntos en los que pensar, con la cabeza sumida en ingentes intereses, ignoraría casi todo lo referente a su problemático vástago.
Tras morir el primogénito Fernando, según el derecho tradicional castellano, era Sancho el que estaba llamado a ser el heredero. No obstante, Alfonso X, en su labor de reforma legislativa, y en su intento de equipararse al resto de Europa en su aspiración al trono imperial, cambió la ley sucesoria. Puesto que el primogénito había muerto, serían los hijos de este, los conocidos como “Infantes de la Cerda”, los llamados a heredarle.
Ahora bien, Alfonso en un comienzo no hizo caso a su propia ley. Sancho, a pesar de contar con tan solo diecisiete años, lo estaba haciendo bien en la guerra contra el infiel. Además le estaba solucionando la papeleta al ocuparse de lo que él no quería ocuparse embargado en otras tantas tareas, así que Sancho sería el sucesor.
Pero he aquí que, si Alfonso se mostraba en Babia con respecto a Sancho, no tanto lo estaba su esposa, la reina Violante de Aragón, que no era otra que la propia madre de Sancho. Con ayuda de su nuera, la viuda de Fernando, que era hermana del rey de Francia, presionó porque fuera su nieto Alfonso de la Cerda, el primer hijo de Fernando, el futuro monarca en detrimento de Sancho. En aquel momento el citado nieto no tenía ni diez años, no se sabía cómo iba a resultar, pero aún así su abuela lo prefería a su propio hijo. ¿Por qué? ¿Porque entrevía el desastre que podría desprenderse del carácter de Sancho? ¿O porque sospechaba que la muerte de Fernando no había sido por una simple dolencia? Esto es puro especular, pero sabemos que entre Fernando y Sancho se profesaban un odio cerval. Como ejemplo de ello, se sabe que Fernando se ocupó de armar caballeros a sus hermanos menores. Sin embargo, Sancho rehusó por completo a ese honor. O tenemos la cuestión que Violante, tras morir Fernando, se llevó a los infantes de la Cerda junto con su madre a Aragón, con el fin seguramente de alejarlos de su tío y así protegerlos.
En cualquier caso, como solución de conciliación, Alfonso X, que seguía sin saber de la misa la media de lo que se cocía en su familia, propuso en principio dotar a los infantes de la Cerda no con la corona pero sí con importantes concesiones como el reino de Jaén.
Sin embargo, Sancho lo quería todo, no se iba a conformar con menos. Entonces, prestó oídos a los enemigos de su padre. Un rey como Alfonso X, tan reformista, tan progresista, no podía proceder sin despertar envidias y recelos. Por ejemplo, un sector de la nobleza no estaba de acuerdo con tanta ley nueva, en muchos casos encaminada a reforzar el poder real. Así que en 1282 Sancho, con la ayuda de importantes familias bien asentadas y de las órdenes militares, se rebeló contra su padre.
La reacción de Alfonso X no se hizo esperar. Por fin despertó. Desheredó a Sancho por completo. E incluso lo maldijo en público con un texto que ha llegado hasta nosotros:
“Por cuyos enormes delitos y otros muchos que cometió irreverentemente contra nos, sin temor de Dios ni respeto a su padre, que serían muy largos de referir o asentar por escrito, le maldecimos como a merecedor de la maldición paterna, reprobado de Dios y digno de ser aborrecido con justa razón de los hombres, y le sujetamos en adelante a la maldición divina y humana, y como a hijo rebelde, inobediente y contumaz, ingrato y aún ingratísimo y degenerado, le desheredamos…”
Conviene fijarse en la primera frase: “Por cuyos enormes delitos y otros que cometió irreverentemente contra nos”. Es decir, no solo le maldecía por la rebelión que encabezaba, sino por otras tantas faltas pasadas de las que no sabemos nada. ¿Y cuáles serían? ¿Qué gravedad regentarían?
En cualquier caso, tenemos claro que Alfonso X se negó a rendirse, no quería abdicar. Por supuesto, se encontraba en su derecho de defender su postura. Si bien la manera como lo hizo debilitó enormemente el reino y tuvo consecuencias nefastas. Como hemos visto desheredó por completo a Sancho y confirmó a los infantes de la Cerda apoyados por Aragón y Francia, lo que alargó el conflicto sucesorio durante décadas. En un primer momento solo le defendían unas pocas familias y ciudades. Como Sevilla, que recibió por ello el famoso “No madeja Do”, o Badajoz otorgándole el título de “Muy noble y muy leal ciudad”. Mas insuficiente. Por lo que atrajo el favor de Portugal dotándola de enormes concesiones en la frontera para que se mantuviera al margen; e incluso llamó a los benimerines, a sus enemigos de África, para que lucharan a su lado. Con estas acciones poco a poco fue recuperando terreno. Sin embargo, cuando mejor estaba, falleció en Sevilla en 1284.
Entonces, Sancho, ni corto ni perezoso y en contra de la ley sucesoria, corrió a usurpar la corona. Gobernó hasta su muerte en 1295, y no halló apenas momentos durante este periodo en los que encontrase paz. En gran parte por la herencia envenenada que recibió. Maldecido por su padre, y con el dictamen de que los verdaderos sucesores habrían de ser los infantes de la Cerda. Por si fuera poco, su casamiento con María de Molina le propinó otra serie de profundos conflictos. Esta era hija de un tío de Alfonso X, por lo tanto prima segunda de Sancho. Necesitaban de una dispensa papal para su boda, la cual nunca recibieron. Sus hijos quedaron por ello marcados con el gravamen del incesto.
Con tantos motivos las revueltas no se harían esperar. Cabe hacer un inciso de lo que era la sociedad en la Edad Media. No existían las naciones tal como las comprendemos hoy en día. Estaban los señores, ya fueran reyes, nobles, maestres, obispos, sultanes o abades. Y las gentes comunes, en lo más bajo del escalafón, no se consideraban castellanas o portuguesas porque hubieran nacido en el país de Castilla o Portugal, sino porque residían en los territorios dl rey de Castilla o de Portugal. En otras palabras, el país se consideraba propiedad del monarca, no del pueblo. Aunque la mayoría de los plebeyos posiblemente ni siquiera supieran de qué rey eran súbditos. Les bastaba con entender que debían agachar la cabeza ante la presencia del marqués, conde, duque, etc., el que fuera, al que debieran pleitesía y poco más. Simplemente, eran lacayos y siervos sin posibilidad de rebelarse o de protestar ante la ambición de sus señores que siempre pretendían más, más y más.
Es común la frase “Nobleza obliga”. Pero más bien la expresión en esa época debió de ser “Nobleza otorga”. En esa época ser noble, a lo cual solo se accedía por nacimiento, y si acaso y raramente por méritos de guerra, significaba estar en condiciones de aspirar a todo lo que se quisiera aspirar, y que toda ambición se encontraba legitimada. Un buen rey era el que no se oponía a dichas aspiraciones, el que repartía lo conquistado según ellos consideraran que fuera justo, el que planteaba leyes que los favorecieran, o que en los pleitos juzgara a su favor. En caso contrario siempre podían rebelarse.
El reinado de Sancho IV supuso un terreno abonado para las revueltas. Maldecido por su padre, usurpando el trono de otros, casado en pecado. Si los nobles querían rebelarse, siempre podían hacerlo alegando que su verdadero señor era el infante Alfonso de la Cerda. Y si acaso el rey acudiese con sus mesnadas a sofocar la revuelta, de ser derrotados, siempre podían arrepentirse y rogar por el perdón real. Y los reyes normalmente concedían ese perdón porque no les interesaba quedarse sin súbditos, sino más bien contar con aliados para sus próximas empresas.
Pero con Sancho no valieron las medias tintas. Fue tajante y expeditivo. En Talavera no hubo perdón real, cuatrocientos muertos. En Ávila más de mil. Y en Toledo sobrepasaron los dos mil.
Particularmente dramática fue la situación de Badajoz en 1289. Uno de los clanes principales de la ciudad, al no ver sus peticiones satisfechas, se levantó en armas, se resguardó en la Alcazaba, y alzó sobre las murallas la bandera de la sedición proclamando como señor a Alfonso de la Cerda. Sancho no se hizo de rogar. Se presentó allí con sus ejércitos. La Alcazaba era inexpugnable, pero Sancho consiguió que los defensores se rindieran sin combatir con promesas de perdón y respeto de sus propiedades. Sin embargo, cuando los rebeldes salieron, los mandó apresar y, en contra de su promesa, a continuación ordenó que los pasaran a cuchillo. Se calcula que unas cuatro mil víctimas hizo ese día, entre hombres, mujeres y niños.
Puede que a la luz de hoy nos parezcan pocas víctimas. Cuatrocientas, mil, dos mil, cuatro mil. Pero estamos hablando de la Edad Media. En toda la Península Ibérica habría como mucho cinco o seis millones de habitantes. Una ciudad ya se consideraba ciudad si contaba con unos cinco mil vecinos, y solo las capitales y demás urbes principales superaban la cifra de los diez mil. Por lo tanto, acabar con cuatrocientos caballeros, aunque nos parezca poco, suponiendo que todos fueran nobles y hombres de armas, suponía liquidar a toda la élite militar y política de una región. O, en una urbe como Badajoz en aquel tiempo, ajusticiar a cuatro mil personas implicó aniquilar a más de la mitad de sus residentes. De hecho, este dislate condenó a la villa a más de un siglo de decadencia.
Desde luego la contención no era lo suyo. Se dice que la diplomacia estaba más bien de manos de su esposa, María de Molina, una de las grandes mujeres de la historia de España. Posiblemente las escabechinas hubiesen sido peores o en mayor número si no hubiese sido por ella. Por ejemplo, cuando en 1287 Sancho llamó a colación a varios nobles, entre ellos a su hermano Juan, por supuesta corrupción, en el calor de la discusión posiblemente mandase asesinar al más poderoso de ellos, a don Lope Díaz de Haro, señor de Vizcaya, por la simple razón de que así le apeteció. Y a punto estuvo de hacerlo con su propio hermano si no fuese por intercesión de la reina.
En todo caso, una vez pacificó el reino, una vez lo dejó amedrentado y sin ganas de protestar, en vez de descansar y dejarlo recuperarse, en su ánimo guerrero se preparó para marchar hacia Granada. Más guerras, más matanzas. Hasta su defunción en 1295 que no sucedió en el campo de batalla sino por tuberculosis.
Don Juan Manuel, el famoso autor de “El conde Lucanor”, era un noble que formaba parte de la familia real. A más decir, primo de Sancho. En una de sus obras escribió que, estando Sancho en su lecho de muerte, Don Juan Manuel lo visitó para que le concediera su bendición. Pero Sancho no se la otorgó alegando que no podía dársela puesto que, maldito como permanecía, no se encontraba en favor de Dios, y que su enfermedad y su dolencia no eran otra cosa que motivo de la maldición de su padre.
En resumen, al final de su vida resulta que se arrepintió, sintió alguna especie de remordimiento. Resulta que, en el término de su existencia proclamó que todo lo que hizo en vida fue luchar contra su padre. Incluso una vez muerto. Contra su recuerdo, contra su herencia, contra la maldición que lo tuvo atenazado en su fuero interno.
Habrá quien señale que eso lo ennoblece, y que si actuó de tal modo fue como hombre de su tiempo en un contexto de violencia extrema y conflictos dinásticos.
A buenas horas, dirán otros.
Aunque, rompiendo una lanza a su favor, como última reflexión en el día de hoy, indicar que un reinado tan conflictivo solo pudo deberse a una situación envenenada procedente del anterior. Cierto que Sancho se rebeló contra su padre. Pero señalar que su convencimiento de hacer lo correcto era absoluto. Aún más, a su alrededor había decenas de voces, más bien miles de voces, francamente la mayor parte del reino, que le decían que estaba haciendo lo correcto. Ante eso, en conciencia, es muy difícil pelear. A diferencia, Alfonso X, a pesar de ver que lo tenía casi todo en contra, se empeñó en seguir haciendo valer su palabra. No pactó, no negoció, no intentó mediar ni buscar una solución honrosa, no se aprestó para evitar el derramamiento de sangre entre sus súbditos. Al contrario. Prometió varias plazas fronterizas a Portugal, y llamó a los benimerines que, aparte de ayudarle, seguramente se dedicaron a saquear y a arramplar con lo que pudieran como pago a sus servicios. Por lo tanto, la pregunta queda en el aire, ¿quién fue el rey loco que asoló Castilla, Sancho o Alfonso?
Dicho esto concluimos por hoy aquí en El gato de Ugarit. Esperando que les haya sido de interés nos despedimos. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.
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