Juventud
Juventud, divino tesoro. ¿Quién la pillara? No obstante, seamos claros. La mayoría de las personas que conozco concuerdan en lo mismo. El cenit, la edad en la que se sintieron mejor, fue alrededor de los treinta, si acaso hasta los treinta y cinco. El cuerpo sigue respondiendo bien, se mantiene la plenitud física. Los dramas y los apasionamientos se han apaciguado, las obsesiones han quedado atrás, se comprende mejor la vida, muchas de las preguntas y de las dudas han devenido resueltas, se controla mejor el tempo y el ritmo de la existencia.
Mas, aunque hoy en día lo concibamos así, históricamente los treinta ya no era juventud, implicaba que se había llegado a la mediana edad. Incluso en algunos contextos se comenzaba a ser respetable. Si nos atenemos a las estadísticas, hasta el siglo XIX, e incluso en algunos países todavía en el XX y aún en el XXI, la esperanza de vida se hallaba entre los treinta y los treinta y cinco. Esto es, la mitad de la población, si no más, no alcanzaba a superar esa edad. Con lo que esto conllevaba, la mayoría de las sociedades en el pasado se compusieron eminentemente jóvenes. La pregunta es, ¿qué implicaba esto? ¿Qué trascendencia tuvo este hecho para el transcurso de la historia?
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
Hace tiempo leí, no recuerdo exactamente a quién, quizás fuese Ortega y Gasset, un comentario que hablaba sobre el apaciguamiento de la sociedad en los últimos dos siglos. Durante la Revolución Francesa la masa enfervorizada disfrutaba de contemplar la sangre de las cabezas cortadas chorreando desde el patíbulo. No porque los franceses fuesen especialmente crueles y sanguinarios, sino que esta era la tónica de todas las sociedades desde tiempos inmemoriales. Acudir a las ejecuciones se contemplaba como un festejo para toda la familia infancia incluida. Solo tener en cuenta los combates de gladiadores y los prisioneros arrojados a las fieras de la antigua Roma. Sin embargo, a partir de esa fecha, y durante el XIX, el buen gusto se fue alejando de las ejecuciones públicas. La gente se retiró paulatinamente de estos eventos, creció en sensibilidad, en empatía, incluso les otorgó la consideración de barbarie.
Hoy en día tenemos más información que nunca, nos conectamos a tiempo real con cualquier rincón del globo. Recibimos noticias de desgracia tras desgracia. Algunos intelectuales se quejan de que cuanta más información recibimos más impermeables, e imperturbables, nos volvemos a esa información. Por mi parte, me sorprendo de su desmemoria. Por ejemplo. Antiguamente la sangre, las pústulas, las plagas, el sufrimiento, el hambre, los cadáveres, las heridas abiertas, los vientres en canal, la violencia, la muerte, la guerra, eran algo cotidiano. Estaba normalizado. En contraste, hoy en día nos mostramos más sensibles y concienciados ante las desgracias ajenas. Por mucho que veamos películas o leamos libros violentos, no deseamos volver a ese escenario de decapitaciones en la guillotina. Se clama por la derogación de la pena de muerte. Hoy en día una gran mayoría no persigue la guerra, teme a la guerra, no va en pos de ella como lo hicieron las naciones en el pasado.
Porque, realmente, una mayor sensibilidad y conciencia están ahí. Somos más sensibles a los problemas de los demás. Desde luego mucho más que hace cien o doscientos años. No queremos guerras, huimos de las ejecuciones públicas, quizás contemplemos la violencia en el cine o en las series, pero quedaríamos conmocionados y acongojados de hacerlo en persona.
Entonces, los hechos son los siguientes. Desde la Revolución Francesa, lentamente, en unos dos siglos, hemos evolucionado a una situación de mayor conciencia y empatía.
¿Por qué? ¿Cuáles han sido los motivos?
Habrá quien especule. La comodidad. Nos hemos acostumbrado al bienestar, vivimos para consumir, es como una adicción, y estaríamos dispuestos a cualquier cosa para no perder dicha comodidad. Incluso a renunciar a la guerra y a la violencia.
Habrá quien señale: la educación, la ciencia, el conocimiento, las capas de pensamiento que influyen sobre nosotros y condicionan nuestra manera de actuar.
Pero, si me permiten, voy a cimentar mi disertación en conceptos de las ciencias sociales como lo son la transición demográfica y el envejecimiento de la población. Esto es, el hecho de que en los países desarrollados falten jóvenes.
Puede tener sentido. A menudo se ha vinculado juventud con violencia. Como los movimientos fascistas y comunistas de los años veinte y treinta que enlazaban juventud con fascinación por la fuerza y el poder, los jóvenes como el brazo armado que permitiría a la nación conquistar el mundo.
Sin embargo, pensar de este modo es peyorativo. Es conectar juventud necesariamente con extremismos.
Mejor vayamos paso a paso. Remitámonos a los hechos. La perspectiva biológica nos dice que hasta los veinticinco años el cerebro no termina de formarse. A su vez este lento desarrollo viene acompañado de cambios físicos. El crecimiento de la musculatura, la explosión hormonal, la maduración de los rasgos sexuales. Este proceso de consolidación pasa por diferentes etapas por las cuales, de una infancia donde las creencias son aquellas suministradas por los padres, se pasa a una adolescencia en la que el individuo persigue afianzar sus propias categorías. En otras palabras, si anteriormente los progenitores, el entorno familiar, había encarnado la autoridad suprema de la que emanaba la comprensión del mundo, el sujeto deviene capaz de criticar y poner en duda esa autoridad, y buscar y generar su propia escala de valores. No se trata este de un camino sencillo, más bien caracterizado por la volubilidad, la emocionalidad a flor de piel, el egocentrismo exacerbado concibiéndose el centro del universo, la impulsividad, la falsa sensación de seguridad y de que nada le va a suceder, y también en algunos casos por la vergüenza inexplicable, por la culpabilidad.
A la cuestión biológica hay que yuxtaponer la perspectiva cultural. Quién no ha escuchado los siguientes tópicos acerca del adolescente: la importancia del grupo de iguales, el desdén por la tradición, el enfrentamiento generacional con los padres. Pero estos tópicos son fruto del individualismo de las sociedades occidentales, así como de una noción trasnochada de progreso.
En otros lugares del mundo, y en otras épocas, las visiones fueron bien distintas. Por ejemplo, los ritos de madurez de las sociedades tribales. No existía la adolescencia como transición, se pasaba directamente de niño a hombre, o de niña a mujer, a través de ritos iniciáticos. El niño, la niña, desconocía los secretos del mundo adulto, y su paso a la madurez se pergeñaba a través de rituales cuya función era descubrirles precisamente ese mundo. De este modo, el paso a la madurez no se ejercía como una rotura con la tradición, sino como un afianzamiento de la misma. El infante ardía en ascuas de conocer lo que sus padres sabían, de actuar como sus padres lo hacían y que le tenían prohibido. Y el ritual, a través de una progresiva asimilación de los testimonios secretos, presentaba la función de ir sumergiendo al individuo paulatinamente en la citada tradición. Esto último nos revela una faceta diferente de la juventud a la que estamos habituados. No necesariamente ruptura sino descubrimiento, imitación, suplantación. Perfectamente, a través de una narración progresiva y bien construida, la renovación generacional podía sucederse sin que nada cambiase, perpetuándose durante centenares de miles de años.
De hecho, hasta hace poco fue así. La renovación generacional no significaba tanto ruptura sino apropiación y reemplazo.
Hasta hace poco la infancia se acababa a los ocho años. A partir de esa edad se consideraba que el niño y la niña tenían que ayudar en casa o en el trabajo. A mucho nos sonará esta cantinela: el sentido de la responsabilidad en los jóvenes de hoy en día es mucho menor en comparación con los del pasado. Frente a la generación de cristal nuestros ancestros en su juventud tenían que ayudar en casa, debían respeto a sus mayores. Eran otros tiempos, otra educación. Incluso las edades en las que se contraía matrimonio eran mucho más tempranas. Hasta hace prácticamente cien o doscientos años, en la mayoría de culturas, los hombres se casaban a los dieciséis, las mujeres a los catorce. Nos parecerá horrible, pero se explica en un contexto demográfico completamente distinto. Se requería de compensar la altísima mortalidad infantil en la que uno de cada diez niños no llegaba al año de vida, y casi la mitad a la mayoría de edad. Por otra parte, la esperanza de vida estaba entre los treinta y treinta y cinco años. Por resumirlo en pocas palabras, la persona debía integrarse en el mundo adulto cuanto antes para que la humanidad no se extinguiera. Eran sociedades donde proliferaban los padres adolescentes cuyos progenitores probablemente ya hubieran muerto.
De repente, en un momento dado se mejoró la sanidad, se facilitó el acceso a los alimentos, se redujo la mortandad por guerras, enfermedades y hambrunas, se incrementó la esperanza de vida. Este fue el inicio de la transición demográfica. En un comienzo la gente vivía más sin decrecer la natalidad, eso produjo la mayor tasa de juventud de la historia. Pero pronto emergió la comodidad, el hedonismo, y el número de nacimientos fue decreciendo al mismo tiempo que ascendían los años que cada cual llegaba a vivir, hasta arribar a una situación de población envejecida. Como la de España en el momento presente.
La tasa de juventud de una sociedad, esto es, el porcentaje de jóvenes con respecto al total, es relevante para explicar el comportamiento histórico de las comunidades. Es cierto que la juventud en el pasado no era como la actual. Se les obligaba a ser responsables desde muy temprano. Pero eso no quita que su cerebro se estuviera desarrollando, al igual que su cuerpo, que fueran impulsivos, pasionales, irreflexivos. Mismamente, la mitología. El comportamiento de personajes como un Zeus que rapta doncellas a diestro y siniestro, una Hera que castiga a sus rivales amorosas transformándolas en monstruos, una Dido que se suicida por amor, o un Aquiles que se niega a combatir por un berrinche, puede deberse a que quienes narraron los sucesos los imaginaron como a la mayoría de la población, en torno a los veinte años.
En cualquier caso, resulta razonable concebir que una sociedad con mayor porcentaje de jóvenes sea más movida. Con propensión a los conflictos como duelos, desengaños, venganzas, incitación a la guerra. También, un gran porcentaje de juventud implicaba que fueran sociedades poco desarrolladas desde el punto de vista cultural y científico. Por supuesto que comprendían lo suficiente para poder sobrevivir, que congeniaban con el medio, con la naturaleza. Habría ancianos, pocos, que memorizaban e inculcaban lo referente a la tradición. Sin embargo, la sistematización del conocimiento, la creación de la ciencia, de la filosofía, del método científico, requería algo más que un par de viejos con buena memoria. En su lugar de muchas vidas, vidas largas, sobrepasando el nivel de existencias fugaces, que debatieran entre sí y crearan un corpus de conocimiento y técnicas que se siguiera transmitiendo de ahí en adelante.
Asimismo, parece consustancial que cuanto más envejece la población, más afianzado se halla el adoctrinamiento, la educación que constriñe y se superpone sobre el individuo. Nos quejamos de la generación de cristal, hiperprotegida, pero también aplastada por capas y capas de educación. Antiguamente la infancia, y prácticamente la adolescencia, terminaban a los ocho años. Hoy la etapa de estudiante se extiende legalmente como mínimo hasta los dieciséis, pero en la práctica hasta mediados de los veinte y más allá. Nos quejamos de que no respetan a los mayores, pero seguramente sea porque el respeto a la tradición, a los valores familiares, queda diluido entre tantas cosas que se les inculcan, que tratan de ser introducidas en sus molleras por gente bienpensante. Ecologismo, animalismo, diversidad, ciudadanía.
O, más bien, falta el respeto a los mayores porque no es lo que prima o interesa en este momento.
A mucha gente se le hace la boca agua debatiendo sobre la rebeldía de la juventud, su beligerancia, su capacidad para enseñar a los adultos que otro mundo es posible. Sin embargo, la juventud no inventa nada nuevo.
Me explico. Antes he parlado sobre ritos iniciáticos de tránsito a la madurez. Al joven no se le introduce en algo diferente de lo que sus padres ya saben, sino que se le muestra como un secreto al que ha de acceder. Esto nos informa que el joven lo que busca no es tanto rebelarse como desarrollar su identidad diferenciada del niño que fue. En las sociedades primitivas esto ocurría a través del tránsito a la adultez mediante un ritual. Y, a lo mejor, en nuestra época es tan tonto como que, si resulta que en las sociedades contemporáneas el infante preadolescente, en contra de los ritos de madurez ancestrales, identifica niñez con el mundo de sus padres, buscará modelos en otros lugares. Aquí es donde entraría la importancia del grupo de iguales, el supuesto conflicto generacional, la rebeldía, la moda. Así como todos aquellos que pretendan manipular a los jóvenes a su imagen y conveniencia.
La juventud no inventa nada nuevo. Con esto no quiero desprestigiar a los jóvenes. Ofrecen una nueva luz, contemplan con ojos nuevos, se entregan con fuerza nueva. Mas señalar que la mayoría de las ideas que acogen no son nuevas sino que ya estaban presentes. Más que inventar la juventud impulsa y reinterpreta.
Antes he comentado que el momento de mayor tasa de juventud se produce en los primeros compases de la transición demográfica. Francia fue pionera en este sentido. La transición demográfica francesa se inició a comienzos del siglo XVIII, con Luis XIV, y alcanzó su culmen durante la etapa revolucionaria y napoleónica. Francia inició su transición de manera muy temprana en comparación con el resto de países más anquilosados en este sentido. De hecho, fue lo que marcó su supremacía durante décadas. La diferencia era apabullante. Por ejemplo, la población francesa, de apenas doblar a la española en el siglo XVI, pasó a triplicarla en el camino de cuadriplicarla hacia 1800. No solo a la española, sino que en esas fechas uno de cada seis europeos era francés. La juventud se dejó seducir por los sueños ilustrados, aspiraciones que no eran nuevas sino que ya existían, como la libertad, la fraternidad, la igualdad. Acogieron esas ideas, les dieron impulso, siguieron a Napoleón, auparon a Napoleón, sojuzgando a media Europa.
Un siglo más tarde, la transición demográfica francesa concluyó cuando despertó la alemana. En la I Guerra Mundial, imbuidos de nacionalismo, los jóvenes alemanes, en mayor número que los de Francia y Reino Unido juntos, marcharon a las trincheras por su país y sus éxitos iniciales fueron numerosos. Esa tasa de juventud fue lo que permitió a Alemania igualmente mostrarse victoriosa a comienzos de la II Guerra Mundial alentados por las ideas de fuerza y violencia de las hordas hitlerianas.
Tras la II Guerra Mundial, en medio de la política de bloques y el peligro nuclear, la juventud, en contra del mundo de sus padres que residía en el miedo al otro, abogó por la paz y por ideales de libertad y de amor libre. Si bien esto no era nuevo, sino que los jóvenes se contaminaron de corrientes que ya existían dentro de la contracultura. En la actualidad defienden otras serie de valores como la ecología, la diversidad, la igualdad, que no son novedosos, que han estado ahí, frecuentemente como patrimonio de minorías.
Ahora bien, la incidencia de estos nuevos paradigmas no es tan alta como se podría pensar. Primero porque en el primer mundo habitamos en una situación de envejecimiento desmesurado. Por lo tanto, por mucho que los jóvenes aboguen por estas premisas su grito es limitado. Por contra, la juventud del planeta en la actualidad habita sobre todo en el África subsahariana, en la India, en el mundo árabe, y en estos países la búsqueda de la identidad no pasa por la defensa del medioambiente, de la diversidad o de la igualdad, sino que se trasluce en la fascinación por la riqueza del primer mundo y de sus hábitos de consumo.
De este modo que las perspectivas no sean demasiado halagüeñas. De este modo que, para cambiar, para una transformación acorde con las necesidades del presente, tengamos que ser tanto los maduros como los jóvenes los que hayamos de hacerlo.
En todo caso, nos vamos despidiendo aquí en El gato de Ugarit. Hoy nos ha salido un programa más social que misterioso. En cualquier caso, esperamos que les haya sido de interés. Buenas tarde, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.
Me has hecho reflexionar y ver las cosas desde un punto de vista nuevo para mí, no me da tiempo a contestar en detalle ahora, pero te agradezco tu aportación. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero sin duda el texto es interesante. Saludos.
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