Mariña norte
A falta de una denominación concreta utilizo el apelativo de Mariña Norte. Nos encontramos en Galicia, en las rías altas. Entre la provincia de Lugo y La Coruña, entre la mariña lucense y la costa Ártabra. Sencillamente es lo que queda más al norte de la península Ibérica, de Burela hasta Cedeira. El extremo septentrional. Tres cabos importantes como son Ortegal, Estaca de Bares y Roncadoiro, tres rías como Viveiro, Barqueiro y Ortigueira. Una costa recortada, de entrantes y salientes, islas e islotes, playas y acantilados, con las montañas y los bosques que llegan hasta el mar. Un tramo de costa antiquísimo. De hecho, lo más viejo que salió del océano que se conserva en la Península Ibérica. Con enigmas, leyendas, con lugares sagrados y mágicos, y otros que, sin ser tan conocidos, su compostura despierta la evocación de las fuerzas de la naturaleza.
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
El viajero tranquilo busca lugares donde sentirse a gusto, en los que percibir una extraña comunión con la historia, con la naturaleza, con la hierofanía, con lo sagrado, con el todo. No para resolver un enigma sino anhelando una verdad sobre uno mismo.
Se tiende a regresar allí donde nos hemos sentido bien. En mi caso uno de esos lugares es Lugo. Capital de la provincia con menor densidad de población de Galicia, en el centro de una comarca rural de carreteras estrechas, pequeñas aldeas, frondosos bosques y repleta de rusticidad. Su centro histórico se halla rodeado por la muralla romana que le confiere el rango de Patrimonio de la Humanidad. El recinto es abarcable y coqueto, para visitar en unas pocas horas. Me sentiría afortunado de recorrer cada día la muralla en un sentido y después en el otro. Dicen que los romanos edificaron Lugo sobre un antiguo santuario de los pueblos célticos de Galicia, en concreto de adoración al dios Lug, el dios de los oficios. De ahí Lugo, de Lug. Este templo no sería un complejo edificado, una construcción al uso con su altar y sus columnas, sino más bien un espacio singular en la naturaleza. Hay quien lo imagina como el claro de un bosque sagrado. No estoy al corriente de dónde específicamente se encontraría. Pero si tuviera escoger un emplazamiento en concreto, hay varios candidatos como la soberbia catedral, la plaza mayor, si bien sin duda me decantaría por el claustro del antiguo convento de los franciscanos, hoy en día museo provincial. Quizás por la arquitectura románica de arcos de medio punto e imaginativos capiteles, por la vegetación de cipreses, césped y enredaderas, por la colección de piezas arqueológicas de piedra que rebosan sus corredores, por el pozo, o por la extraña tranquilidad que suscita el lugar al que no llega prácticamente sonido alguno del exterior.
De remitirme dos mil años atrás vislumbro que en su día este claro en el bosque se compondría como un remanso de paz en el centro de la más agreste espesura. Un paraje de orden y tranquilidad en medio del caos del bosque gallego. La orografía de Galicia es accidentada. Si bien son escasas las grandes alturas, sí que el terreno se configura como una sucesión de valles y líneas de sierras en cuyas laderas y arroyos se suceden ininterrumpidas majestuosas florestas de altos árboles. En su momento seguramente serían robles. En la actualidad más bien una mezcla de eucaliptos, pinos y molinos de viento. No me extraña que en Galicia se hable de meigas, de santas compañas, y de criaturas mágicas sin parangón. Escondrijos donde imaginarlas los hay por doquier. Es fácil perderse entre tanta sierra, bajo la penumbra de las nubes o directamente envueltos en la bruma. El territorio no se vuelve claro y legible hasta que arribamos al mar. Por lo menos junto al mar no hay sensación de llegar a extraviarse.
La mariña lucense es la costa de la provincia de Lugo. Desde Ribadeo donde hace frontera con Asturias hasta la ría de Foz, continua la línea recta de casi toda la cornisa cantábrica. En este tramo las montañas se ven desde la costa pero están algo alejadas, con una llanura entre medias. Apenas se ven construcciones tradicionales. Pero la arquitectura, a pesar de ser relativamente nueva, guarda un cierto regusto singular y popular, a base de casas cuadradas y sencillas pero pintadas con variados colores pastelosos de tal modo que en combinación conforman suaves caleidoscopios. El llano rompe al llegar al agua en forma de abruptos acantilados con playas de fina arena bajo los mismos a las que a menudo solo se puede acceder con la marea baja. Como ejemplo tenemos la portentosa y archiconocida playa de las catedrales con sus arcos de piedra.
A partir de Foz la composición de la costa cambia. De seguir una línea recta empieza a conformar una península que se adentra en el mar. Esto se modela así porque las montañas prácticamente llegan hasta el océano y se internan en él. La línea de costa de este modo se hace más variada, con cabos, pequeños promontorios, islotes costeros, así como ensenadas y calas que se forman entre acantilado y acantilado, o en las desembocaduras de ríos y arroyos. Particularmente famosa es la punta Socastres más conocida como Fonciño do Porco, donde el aliciente del turismo ha permitido habilitar pasarelas peatonales en torno a acantilados y promontorios de roca.
Sin embargo, si tuviera que destacar una maravilla geológica por encima de las demás en esta mariña lucense, sería la de los acantilados de papel. Antes de llegar el paraje no es bonito, en las postrimerías del puerto de Morás entre bloques de hormigón. La visita no se encuentra preparado para el turismo, si acaso algunas pintadas para marcar rutas y poco más. De hecho acceder al sitio se reviste algo peligroso por lo que no creo conveniente ir con niños. Por lo demás, ni siquiera sé si alguien consideró el emplazamiento alguna vez como sagrado. No obstante, una vez lo contemplé para mí llegó a serlo. Una mole de granito que emerge a la orilla del agua, de bloques diaclasados y erosionados por el viento y el océano otorgando el aspecto del papel arrugado.
Sánchez Dragó, en su libro Gárgoris y Habidis, señala que los antiguos habitantes de la península adoraban los cabos, los salientes de la tierra en el mar. Quizás porque eran navegantes, y porque practicaban navegación de cabotaje. Es decir, a falta de instrumentos náuticos, se guiaban de cabo en cabo, que eso es lo que quiere decir cabotaje, sin perder de vista la costa para saber volver ante cualquier eventualidad. Por eso quizás me dejé subyugar por esta región del mapa. Imbuido de un espíritu antiguo, la Mariña Norte es una región de cabos extremos y septentrionales. Aparte, en esta Mariña Norte, los cabos presentan una consideración de supervivientes. Los vientos dominantes vienen del oeste, soplando casi de continuo con galernas y tormentas. En la cornisa cantábrica, como ya he comentado, apenas hay salientes que sobresalgan de la línea recta este-oeste. Sin embargo, aquí encontramos todo un tramo de continente que sobresale enhiesto, de cabos y promontorios de roca dura y poderosa soportando la erosión y la fuerza del océano durante eones.
El primero de ellos son los acantilados de papel en Morás, al que sin duda alguien tuvo que mostrar sus respetos con una oración o con un sacrificio al pasar. También destacar San Ciprián con su faro. Roncadoira entre playas y acantilados. Y, tras cruzar la ría de Viveiro, la punta de Estaca de Bares, el verdadero extremo septentrional de la Península Ibérica.
Estaca de Bares presenta una forma en planta triangular. Se trata del extremo norte, si bien se compone como una flecha que más bien apunta ligeramente hacia el noroeste, disminuyendo en altura y bajando paulatinamente hacia el mar. De nuevo remitiéndome a Sánchez Dragó entre otros, se especula que en la cercana localidad de Bares se construyó en el pasado remoto un muelle a base de grandes bloques de piedra para resguardo de los barcos que hace milenios se dirigían al norte. Hay quien señala que si tuvo un origen romano, griego, o incluso fenicio. En cualquier caso, se compondría un enclave de paso de los buques que navegaban hacia las islas Casitérides en busca del preciado estaño para obtener bronce. Hay quien incluso contempla entre las rocas cercanas en los acantilados de Bares la escultura de una mujer que solo se ve desde el mar y que despide a los marineros en su periplo. “A Muller Mariña”, la llaman. A manera de Astarté fenicia, de diosa sobrenatural. No obstante, geólogos e historiadores contemporáneos refutan estas hipótesis. Señalan que tanto el muelle de Bares como la escultura son formaciones naturales. Es imposible que una civilización antigua acumulara tantos bloques de granito. La escultura se halla en una zona inaccesible desde tierra y casi desde el mar. “A Muller Mariña” sería un simple capricho de la naturaleza, una pareidolia. En cualquier caso, aún siendo formaciones naturales, no sería descabellado pensar que tanto el puerto como la supuesta escultura fueran tenidas en cuenta por pretéritos navegantes que por estas aguas surcaran.
Aunque, lo más fascinante que me ocurrió durante mi visita a la Punta de Estaca de Bares, no fue la propia formación en sí, sino lo que contemplé mirando hacia poniente. Alguien se preguntará que si Estaca de Bares es el punto más al norte cómo que lo he colocado en medio del programa y no como el objetivo final. Quizás porque como alguien adivinará la joya de la corona, el lugar más poderoso y enigmático, no es el más septentrional, sino el que se alinea con él hacia occidente. Mirando en esa dirección me costó adivinar en principio su perfil, porque en esa jornada sucedía que aparecía y desaparecía. Las nubes lo tapaban, o de repente permitían que fuera observado, Y cuando esto ocurría sorprendía la magnitud del cuerpo, de la mole de piedra que se adentraba en el océano. En el faro de Estaca de Bares me encontraba a cincuenta, sesenta metros de altura sobre las aguas. Pero aquello se discernía mucho más grande, colosal, imponente.
Me estoy refiriendo al cabo Ortegal. Tras cruzar la ría de Ortigueira siguiendo la costa se llega a Cariño, una localidad marinera, con ese tipo de casas que ya he comentado pintadas de diversos colores suaves entre rosas, amarillos y azules con combinaciones etéreas. La iglesia de San Bartolomé en su centro presenta una curiosa espadaña de azulejo blanco bajo la figura del santo protector. Juan García Atienza, gran divulgador de la España Mágica, señala que el cabo Ortegal y sus inmediaciones también serían objeto de interés para el tráfico marítimo de hace miles de años, con el emplazamiento de un santuario a Venus, la diosa del amor, por los alrededores, dirigido a satisfacer y congraciarse con los viajeros. Incluso señala que el hecho de que la localidad se llame Cariño puede que no sea casual, sino una reminiscencia de ese templete a los entes místicos del amor.
La verdad es que desconozco de donde viene el nombre de Cariño, solo que se encuentra en un entorno privilegiado. El cabo Ortegal, y la sierra de la Capelada, que no es otra que las cumbres que he dicho que se ven desde la punta de Estaca de Bares, forman el conjunto geológico más antiguo de la península Ibérica, a base de eclogitas, un tipo de roca metamórfica, y del famoso granito negro. Desde el faro de Ortegal ya se observa, los acantilados cubiertos de verde de vegetación con excepción de en la base donde golpean las olas en el que despunta el negro de las rocas casi como obsidiana. Este granito negro es casi exclusivo de la sierra de la Capelada, de hecho en sus inmediaciones se encuentra la única playa del mundo de arena negra que no es de origen volcánico. Se ha calculado que la edad de este granito ronda los mil ciento sesenta millones de años, siendo las cuartas rocas de mayor antigüedad que se han encontrado en el planeta. Desde luego las más viejas de toda la Península Ibérica. Y de las más resistentes. Dentro de la Mariña Norte la sierra de la Capelada es el primer punto que los vientos del oeste se encuentran en su trasiego, por lo tanto las más expuestas a la erosión. Y aún así ahí resisten. Dicen que en su origen estas rocas formaron parte de cumbres que sobrepasaban la altura actual del Everest. Tras más de mil millones de años, anterior a los dinosaurios, cuando solo pululaban seres unicelulares, esto es lo que queda. Incluso de este modo espectacular, apabullante.
Desde Cariño, adentrándonos en la sierra, podemos cruzar hacia el oeste donde nos toparemos con los acantilados de Herbeira, los más altos de la Europa continental con 613 metros de elevación. Está allí la famosa garita de guardés desde donde se puede contemplar el mar desde tamaña altura. Aunque para denotar los acantilados en toda su grandiosidad y de un solo vistazo, mejor encaminarnos a menores altitudes. Por ejemplo, al mirador del Cruceiro, desde el cual por cierto también es posible observar la última parada de esta ruta. No ya un cabo. No ya un lugar sagrado en el sentido antiguo, lugar de tránsito y orientación de gentes que recorren y hozan el mar, sino en el sentido medieval y moderno de santuarios dedicados a santos.
En concreto me estoy refiriendo a San Andrés de Teixido. Una aldea entre bosques y acantilados, con su casas blancas y sus hórreos, su parroquia sencilla del siglo XVIII dedicada al santo, entre prados en pendiente y caballos pastando. Se trata de la segunda peregrinación más popular de Galicia tras la de Santiago de Compostela, un lugar repleto de espíritus porque, como reza el cantar, a San Andrés de Teixido irá de muerto quien no va de vivo. Por si acaso puse una piedra en uno de los milladoiros, y me presenté ante al santo para decir: “He venido de vivo, por mí y por mis parientes finados y presentes”.
Dicen que este lugar ya era motivo de peregrinación aún antes del cristianismo, por parte de celtas de la antigua Galicia, los mismo que iban a orar al emplazamiento donde hoy se encuentra Lugo. De ser así ya son dos los santuarios ancestrales que he visitado, deseando que en el futuro vengan muchos más.
De momento despedirnos por hoy aquí en El gato de Ugarit. Espero que les haya sido de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.
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