Portugaleses contra bejaranos. Badajoz al filo del abismo

 


Como güelfos y gibelinos, la presente es una historia de bandos nobiliarios enfrentados en plena Edad Media, de clanes enemistados sin posible reconciliación. Pero, a diferencia de montescos y capuletos, no hay noticia de amores imposibles, la fantasía de una pareja que rompa barreras tal cual romanticismo encapsulado. Sino más bien una historia muy real, muy humana, otra más donde la realidad supera a la ficción, trágica y terrible, tal que a punto estuvo de destruir una ciudad. 


Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa de Historia planteada desde la heterodoxia y la especulación. Misterios arqueológicos, imperios olvidados, viajeros intrépidos, singulares enclaves, intrigantes relatos. 


El lugar lo tenemos en Badajoz, una ciudad en la actualidad en la frontera de España con Portugal. Para las fechas hay que retrotraerse al último cuarto del siglo XIII a caballo entre los reinados de Alfonso X y Sancho IV. 


Relatos similares se han contado en numerosas ocasiones. Dos facciones enfrentadas, peleando por el dominio de la urbe, posiciones irreconciliables. 


Quizás la novedad se halle en quien trató de mediar entre ellas. Nada más y nada menos que el rey Sancho IV. Ya dedicamos un programa a su figura. Sancho IV de Castilla tenía una personalidad digamos especial. En exceso violento, rencoroso, al que no le temblaba el pulso para mandar ejecutar a quien le viniera en gana. Podemos opinar que rozaba el límite de lo psicopático. 


Pues bien, la historia, según ha llegado a nosotros por las crónicas del propio rey, nos habla de dos grupos contendientes. Por un lado los portugaleses y por el otro los bejaranos. 


La crónica de Sancho IV nos informa que, estando el rey en Burgos, le llegó la noticia del enfrentamiento entre ambos sectores. Los primeros acusaban a los segundos de haberles usurpado tierras. Por entonces, Sancho IV tenía un privado, es decir, un hombre de confianza, llamado Alfonso Godínez, que al parecer era natural de Badajoz y del bando de los portugaleses, y por ello ordenó que las propiedades de estos fueran restituidas. Pero los bejaranos no se contentaron y mandaron emisarios a su majestad con documentos que certificaban que sus enemigos mentían. Entonces, el rey remitió cartas para que los portugaleses abandonaran parte de las propiedades requisadas. El caso es que se negaron y, ante esta afrenta, los bejaranos volvieron a quejarse al rey. Y Sancho IV, harto de tanto lamento, sugirió que, como ellos eran más numerosos y mejor armados, los obligaran a acatar su decisión. Los bejaranos así acometieron, atacaron a sus enemigos. Pero lo hicieron con tal inquina que prácticamente mataron a la mayoría. Una vez disuelta la rabia y la furia, con la cabeza fría, al darse cuenta de lo que habían hecho, y por temor a la reacción del rey, se resguardaron en la alcazaba, en la fortificación de tiempos de los musulmanes de altas murallas y defensas inexpugnables, y alzaron la bandera de la sedición proclamando a otro señor como monarca. La respuesta de Sancho IV no se hizo esperar. Acudió a Badajoz con sus ejércitos. Le resultaría francamente complicado tomar la plaza por asalto, pero logró convencer a los bejaranos que se rindieran a cambio de abandonar la fortificación y de volver a jurarle obediencia, cuestión por la que obtendrían el perdón real. Mas, cuando los asediados salieron por las puertas, el monarca los mandó apresar y ordenó que los pasaran a cuchillo. Hasta cuatro mil víctimas hizo ese día entre hombres y mujeres.


Como se puede comprobar, es una historia que se repite en muchos lugares. Dos familias, dos bandos, dos grupos enemistados. Pero con un desenlace distinto, mucho más terrible y sangriento. Los bejaranos fueron completamente exterminados. Antes, ellos mismos se habían encargado de hacerlo con la mayoría de sus enemigos. Los sucesos acaecieron en el año de 1289. La matanza de los portugaleses ocurrió el 10 de abril, el ajusticiamiento de los bejaranos el 19 de mayo. 


Desde entonces el eco de la escabechina se ha dejado oír en numerosas ocasiones. Variados autores han escrito sobre el tema. Poetas, novelistas, historiadores. Cada cual añade su punto de vista, incrementa la información disponible, la leyenda se enriquece. 


Si nos atenemos a las crónicas de Sancho IV, los hechos están muy claros. Los dos bandos no se ponían de acuerdo sobre litigios de tierras y acudieron al monarca para que mediara. No podemos saber si la rivalidad venía de antiguo. 


Sin embargo, en estos añadidos posteriores sí se informa acerca de un enfrentamiento más prolongado entre ambas facciones. Por ejemplo, hay una leyenda, relatada en verso por el Duque de Rivas en 1854, titulada “El aniversario”, que narra que, bastante antes de los sucesos con Sancho, durante la fiesta para conmemorar la liberación de Badajoz frente al infiel, el capricho de una dama provocó el enfrentamiento entre portugaleses y bejaranos, con tal saña que la población se tuvo que resguardar en sus casas. Solo quedó fuera un sacerdote mal herido, más muerto que vivo, que se empeñó en redoblar las campanas para llamar a misa esperando que los contendientes se pacificaran y fueran a la oración. Pero, mientras rezaba en el altar, cuando se quiso dar cuenta, se encontró por feligreses los esqueletos de los antiguos moradores de la villa, que habían salido de sus tumbas avergonzados por lo que sucedía en el exterior. Si los vivos no acudían a misa lo harían los muertos. 


Según el Duque de Rivas, sacó esta leyenda de una antigua crónica. La cual la vería él porque desde luego no se ha vuelto a encontrar. Pero esto puede ser posible. Documentos que se extravían, que se degradan, se pierden, o han sido destruidos en muchos de los conflictos sobre suelo patrio. Lo que quiero decir es que a lo mejor hay otras informaciones que no poseemos pero que son las que han consolidado el resto de relatos. 


Comencemos desde el principio. Badajoz fue reconquistada en 1230. Es decir, unas seis décadas antes de los hechos en cuestión. Costó mucho que los cristianos la capturaran. Desde 1150 fue objeto de numerosos intentos de asedio. Por ejemplo, Giraldo Sempavor, considerado como la versión portuguesa del Cid Campeador, se estrelló contra sus murallas, y un rey portugués fue capturado bajo sus almenas. Finalmente, la urbe capituló ante el rey de León Alfonso IX. Se rindió no porque fuera tomada al asalto, sino porque no tenía más remedio que hacerlo. Porque, ante la imposibilidad de recibir ayuda de otros musulmanes desde el sur, se negó a ser objeto de un sitio por hambre. 


Badajoz, hasta esa fecha, había tenido un carácter eminentemente defensivo y militar. Desde que fuera fundada estuvo rodeada de poderosas fortificaciones para contrarrestar el avance de los cristianos desde el norte. Primero dentro de la marca defensiva de Mérida. Posteriormente como capital de un reino taifa. O con los almohades que remozaron y reforzaron sus defensas. 


Una vez reconquistada, Badajoz podría haber perdido esa condición de ciudad militar puesto que el frente de la Reconquista se desplazó al sur. Sin embargo, para incrementar su leyenda, como si estuviera destinada a la guerra, otra frontera aún más sangrienta se interpuso a poca distancia. A unos quince kilómetros al oeste se emplazaba, ya en Portugal, la villa de Elvas, y entre medias una tierra de nadie de enfrentamientos y disputas. Los portugueses pretendían Badajoz, y atacaban con frecuencia. O lo hacían meramente para saquear y robar.


La ciudad, estando en una posición de frontera, presentaba el peligro de la despoblación, de que nadie acudiera a habitar en ella. Pero durante varias décadas no fue así. Al contrario, aumentó en habitantes. Primero porque era una villa de realengo, estaba bajo la advocación del rey, lo que quería decir que sus residentes gozaban de mayor libertad de movimientos que con un noble o bajo una orden militar. Segundo, porque el territorio controlado por la villa era inmenso. Hoy en día el término municipal de Badajoz es el tercero más grande de España. Y en esa época era aún mayor, comprendiendo localidades como Olivenza, Campo Mayor o La Albuera. Y, tercero, porque el saqueo y el contrabando eran un negocio lucrativo. Sí, los portugueses atacaban. Pero también lo hacían los castellano-leoneses hostigando las posiciones portuguesas. 


De este modo, a Badajoz llegó mucha gente ruda, mucho hombre de armas hecho al combate en busca de fortuna. Según la leyenda, pronto, casi desde el mismo instante de la reconquista, se organizaron dos bandos. El primero el de los portugaleses, llamados así porque el grueso provenía de Portugal. Ahora alguien se preguntará: si fue el rey de León el que conquistó la ciudad, cómo que muchos de sus habitantes provenían del enemigo. Muy sencillo. Porque en ese momento no existían las naciones cómo hoy las comprendemos. Castilla eran los dominios del rey de Castilla, Portugal los del rey de Portugal. Pero sus habitantes, o más bien sus nobles y caballeros, era perfectamente posible que decidieran guerrear bajo otro señor firmando contrato de vasallaje. De este modo, los portugaleses eran caballeros portugueses que habían luchado para el rey de León. 


El otro bando fue el de los bejaranos, de cuyo origen hay dos interpretaciones. O bien venían de la ciudad de Beja que en esa época era un condado independiente, o bien de Béjar en la actualidad en la provincia de Salamanca en pleno sistema montañoso central. 


Hay quien especula que la formación de sendas facciones se debió a una provocación inicial, a un acontecimiento luctuoso que motivó que los ánimos se enzarzaran. La verdad es que no creo que hiciera falta. Para que ambos bandos se constituyeran bastó con algo tan simple como que hablaban diferente. Los unos tenían acento portugués, los otros cierto deje de Castilla y Léon. Preferentemente, cada cual se juntaba con los que platicaban parecido. Durante mucho tiempo los bandos estarían formados pero sin enfrentarse. La prueba de ello estaría en la persona de doña Mayor Gutiérrez, una mujer de la que se tiene constancia, de origen bejarano, pero casada con un portugalés. De facto, era la madre de don Alfonso Godínez, ya saben, el privado del rey, su hombre de confianza. 


Doña Mayor Gutiérrez no es la única mujer de la que se tiene noticia. Por ejemplo, se sospecha de una tal Mafalda, de los portugaleses, con huellas de “bastardía real” en sus venas. Esto explicaría por qué Sancho IV prefería a este bando. Eran menos pero estaban mejor relacionados. También tenemos el nombre de Mari Domingo, la bejarana, mujer de gran bravura, y que fue la líder del bando bejarano en el momento de la matanza de portugaleses. 


Esta cuestión de una mujer como lideresa de una facción puede no ser baladí. Puede ser una señal de que realmente en Badajoz se residía en un clima de extremada violencia. El asunto de que una mujer en esa época fuera lideresa quizás se deba a que en su entorno los hombres morían con frecuencia, por el hierro a manos de sus enemigos, pero por contra las mujeres se encontraban fuera de esos ajustes de cuentas. Algo similar relata Roberto Saviano en su obra Gomorra a costa de la mafia napolitana. Durante una época fueron las mujeres las que lideraron las diferentes familias debido a que estaba mal visto atentar contra una mujer y no tanto contra un hombre.


Pero, si ese contexto de violencia realmente estaba ahí, la pregunta sigue permaneciendo en el aire, ¿qué los hizo enemistarse en un principio? La respuesta sencilla es que pudo tratarse de cualquier tontería, cualquier cosa que vieran como una afrenta. O, sencillamente, que el mencionado Alfonso Godínez, como amigo del rey, intentó legislar a favor de los suyos y los otros se molestaron.
Pero ahora paso a exponer una hipótesis diferente. 


De lo que viene a continuación ya he referido en otro programa. Sancho IV ganó su corona al rebelarse contra su padre, Alfonso X el Sabio, en 1282, y durante varios años hubo guerra civil. Las cosas al principio fueron bien para Sancho puesto que contaba con la mayoría de apoyos. Pero Alfonso X llamó a tropas benimerines de África y fue recuperando posiciones. Sancho, en ese comienzo, tuvo la ayuda de sus hermanos, entre ellos el Infante Juan. Si bien este último, a mediados de la contienda, rogó por el perdón de su padre y regresó a su lado. 


He aquí que Badajoz entra en el relato. De los pocos apoyos que Alfonso X recibió desde el principio, estuvo Badajoz por lo que fue nombrada “Muy noble y muy leal ciudad”. El Infante Juan, vamos a llamarlo así, al poco de obtener el perdón de su padre, fue enviado a Badajoz donde, tras organizar a la nobleza guerrera de la villa, marchó para tomar Mérida. Esta fue una gran victoria para el bando alfonsino, y un gran revés para Sancho. Sin embargo, de poco les serviría, porque Alfonso X finalmente falleció de enfermedad en 1284, y Sancho aprovechó para usurpar el trono. 


El infante Juan entonces solicitó y obtuvo el perdón de su hermano. Y se marchó de Badajoz. 
La pregunta ahora pasa por lo que dejó detrás. Aparentemente Badajoz al completo le sostuvo en su aventura sobre Mérida. Pero albergo mis dudas. Y estas se encuentran en la persona ya mencionada de Alfonso Godínez, el portugalés, el hombre de confianza de Sancho IV. Si esto es verdad, entonces no toda Badajoz estaría de lado de Alfonso X. Los portugaleses, conjunto con su familiar, apoyarían a Sancho.


 Si esto fuera así, la formación de los dos bandos en Badajoz se debió a los acontecimientos de la guerra civil. Los bejaranos, que eran mayoría, apoyaron a Alfonso X para ir en contra de los portugaleses. Y esta, posiblemente, fue la raíz de la rivalidad. Los bejaranos vieron la oportunidad de arrebatarles sus posesiones a los portugaleses, no necesariamente por venganza o enemistad, sino simplemente por ambición, por ansia. Así que cuando el Infante Juan acudió a la villa, lo auxiliaron para ocupar Mérida. Y, de manera paralela, maniobraron para usurpar las fincas de sus rivales. 


Pero les salió el tiro por la culata. Alfonso X falleció, el Infante Juan se marchó, y entonces los acontecimientos se precipitaron hacia el final aciago. Los portugaleses denunciaron por las tierras que los bejaranos les habían arrebatado. Sancho se puso a su favor. Los bejaranos protestaron. Sancho, en un desliz, sugirió que se tomaran la justicia por su cuenta. Obedecieron al pie de la letra. Matanza de portugaleses y posterior exterminio de los bejaranos. 


Únicamente dos apuntes para concluir. El primero sobre el Infante Juan. Tras irse de Badajoz no todo le fue bien. Su hermano, en su denodado revanchismo, no tardó mucho tiempo en revocar su perdón. La vida del Infante Juan fue ajetreada y daría para otro programa. De manera resumida decir que sufrió encierro, heridas, conspiró, y se vio obligado a refugiarse en Granada. Al fallecer Sancho en 1295, el Infante Juan salió de Granada para presentar su candidatura al trono. Y casi el primer lugar al que se dirigió fue Badajoz. Esperaba que lo recibieran con los brazos abiertos, que se convirtiera en el sostén de sus aspiraciones a la corona. Pero, en cambio, le cerraron las puertas. Sancho había hecho bien su trabajo. Aniquiló a todos los que se pudieran haber puesto de su lado. 


El segundo apunte trata sobre lo que supuso el exterminio de los bejaranos. En la Edad Media una ciudad como Badajoz, a pesar de todo su territorio, no superaría las diez o doce mil almas. Y Sancho mató a cuatro mil. Esta cifra no implica solamente a la tercera parte, sino a todos aquellos que sabían de la guerra y combatir. Si Badajoz hubiera estado en otro sitio se habría recuperado con el tiempo. Pero se encontraba en la frontera con Portugal, en una situación de conflicto permanente. La ocurrencia de Sancho condenó a la urbe a una crisis sin precedentes. Al no haber guerreros los ataques se multiplicaron, la población comenzó a marcharse de la ciudad. Como prueba de eso tenemos el tratado de Alcañices en 1297. Tras la muerte de Sancho, su esposa y regente María de Molina, se vio obligada a pactar con Portugal para cederles varias plazas fronterizas como fueron Olivenza, Ouguela y Campo Maior en el entorno de Badajoz. Y lo hizo en parte para aliviar la presión que se cernía sobre la villa, para que no cayera en manos del enemigo.


La ocurrencia de Sancho, como digo, enfrentó a Badajoz al abismo, hasta tal punto de casi estar en el límite de desaparecer. No empezó a recuperarse hasta más de medio siglo más tarde, en la segunda mitad del XIV, tras haber sufrido de abandono y continuos asedios.
En fin, ¿qué pensar de Sancho IV? La contención no era lo suyo, y desde luego tampoco el pensamiento a largo plazo.


Con estas últimas reflexiones nos despedimos. Aquí, en el Gato de Ugarit, esperando que  la sesión de hoy les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.

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