Todo y nada


 La Teoría del Todo o de la Unificación es el gran paradigma que muchos científicos pretenden alcanzar. Consiste en la búsqueda de un modelo cosmológico que permita comprender todo lo que existe tal cual el mecanismo de un reloj, hasta el extremo que podamos hacer predicciones certeras tanto del futuro como del pasado. En otras palabras, saber exactamente lo que ocurrió, cómo se originó el universo, al igual que lo que sucederá, a qué situación evolucionará. 
 

La Teoría del Todo, comprendida de este modo, se convierte así en el sueño de todo ateo. Tal como Lavoisier planteó hace doscientos años, probar definitivamente que Dios no es necesario como hipótesis. Sin embargo, no es tan sencillo como parece, puesto que para conseguirlo el Todo debe enfrentarse a la Nada, el modelo ha de responder al interrogante fundamental de “por qué existe algo y no la nada”. 
 

Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
 

Todo y Nada parecen de entrada dos conceptos antagónicos. Si bien podrían verse como sinónimos del Absoluto. Cuando hay Nada esa nada es todo lo que existe. Del mismo modo que Todo es siempre todo lo que existe. 
 

Más allá de este juego de palabras, la Nada es la ausencia de cualquier cosa, y para que haya Todo debe haber algo, por lo que el Todo es el conjunto de todos los algos y desde luego no es igual a nada. 
Como seres humanos con nuestras limitaciones no somos capaces de imaginar la Nada. Nuestra mente se ha creado a base de presencias, eso dificulta enormemente visualizar la suprema ausencia. Tampoco somos capaces de vislumbrar el Todo. Como partes de él, como árboles que constituyen el bosque, de qué manera disponernos fuera para contemplar su imagen externa. 
 

No obstante, a este respecto no nos rendimos. La Teoría del Todo es el intento de encontrar un modelo que explique tanto lo que nos rodea como a nosotros mismos. También es la panacea del ateísmo. Si puedo conformar un modelo de la totalidad, y que Dios no entre como variable o constante en las ecuaciones, demostraré que no existe. 
 

Stephen Hawking se reconocía ateo en la confianza de que la ciencia será capaz de explicar el porqué de Todo. Al igual que el químico Lavoisier dos siglos atrás, se jactaba de que no necesitaba a Dios como hipótesis para desarrollar teóricamente cómo surgió el universo. Propuso la tesis del Big Bang. En el origen del tiempo toda la energía se mostraba concentrada en un punto que en un momento dado explotó y comenzó a expandirse generando la realidad. 
 

Sin embargo, no es tan sencillo, porque ahora la pregunta sería, ¿de dónde procedía esa energía precedente? ¿Quién o qué colocó esa energía, ese potencial, concentrado en una singularidad de densidad infinita? 
 

Ya lo planteó Aristóteles hace casi dos mil quinientos años. Él no creía en dioses, él comprendía la realidad a partir de la causa y efecto sin atender a entes invisibles. Aún así reconoció dos cuestiones últimas que no podían ser argumentadas mediante esta lógica. La primera es lo que subyace tras todo lo que existe, la sustancia detrás de lo que es en cuanto que es. Y la segunda es la causa no causada, el motor inicial que puso en marcha la creación. 
 

En otras palabras, todo efecto procede de una causa, y toda causa es efecto de una causa anterior, y la causa no causada sería el suceso que no tiene precedente en ningún hecho primero, es ya en sí el hecho primero. Al desarrollo teórico de estas cuestiones es a lo que Aristóteles denominó Metafísica, más allá de la Física.
 

La ciencia concebida desde el ateísmo persigue la Teoría del Todo tratando de disolver estas cuestiones metafísicas. Que no quede nada más allá de la Física, que cualquier elemento o fenómeno sea susceptible de poder explicarse atendiendo al modelo.
 

No obstante, una Teoría del Todo únicamente estará en disposición de escapar de cualquier disquisición metafísica si cumple un terceto de condiciones.
 

La primera es que nada puede ocurrir una sola vez, o un número limitado de ocasiones. Si un hecho solo sucede una única vez, como el Big Bang, primero, contradice las premisas del empirismo, del método científico, puesto que no se puede reproducir en laboratorio. Y, segundo, se sale del modelo, ha de comprenderse como una excepción al modelo, porque las leyes que conforman el modelo no indican cómo ese suceso tiene lugar precisamente porque no es reproducible y no puede volver a repetirse. Haría falta introducir algo aparte del modelo, una causa anterior al Big Bang. 
 

La Teoría del Todo, por ello, habría de explicar el universo con un desarrollo cíclico, con procesos de construcción y de destrucción. Surge de una gran explosión, se expande, las moléculas interaccionan entre sí, dan lugar a realidades más complejas. Ahora se contrae, la materia se condensa en una singularidad de densidad infinita, que explota y vuelta a empezar. Con esto no habría fenómenos que ocurran una sola vez, o un número limitado de ocasiones, sino infinitas. De hecho, esto es lo que pensadores como Roger Penrose proponen, que no ha habido un único Big Bang sino múltiples con infinitos universos sucediéndose unos tras otros.
 

La segunda consistiría en anular la irreversibilidad. Si un sistema es reversible es capaz de regresar a las condiciones de partida. Si no lo es se transforma de manera ineludible sin posibilidad de volver atrás. Alberga un principio y deriva hacia otra cosa sin opción de retorno a ese comienzo. Por ejemplo, la segunda ley de la termodinámica implica que los fenómenos físicos en los que se intercambia calor son irreversibles. La entropía, la pérdida de calor, o bien permanece constante o se incrementa. El tiempo avanza en el sentido en el que esto se produce. 
 

Los científicos señalan que el universo evoluciona así y no de otro modo por las condiciones iniciales que imprimió el bosón de Higgs en los primeros compases tras el Big Bang. Había infinitas configuraciones, pero esa fue la que se quedó. Si un universo es reversible puede regresar a ese inicio una y otra vez y tomar configuraciones distintas. Pero si no es reversible el universo solo puede ser tal como lo es ahora. Y esto, o bien se produce de manera arbitraria, por una instancia externa que provocó que fuera así, o bien se produjo por azar y entonces el modelo no es capaz de preverlo todo, no sería una Teoría del Todo, o bien hay una tercera opción consistente en infinitos universo paralelos y cada cual tomó una configuración y nos encontramos en este precisamente. Pero de ser esto último, la Teoría del Todo solo explicaría lo referente a este universo sin poder aplicarse a otros. En cualquier caso, sembraría muchas dudas, y para erradicarlas el modelo debería ser capaz de contradecir la segunda ley de la termodinámica. 
 

En cuanto a la tercera y fundamental condición radica en que debe responder a la pregunta de por qué hay algo y no la nada. Me refiero a que si hay un universo que se desarrolla por sí solo sin necesidad de algo externo, sin embargo siempre tendrá cabida la pregunta de por qué hay un universo y no la nada. Es decir, ¿quién puso un universo que se construye y destruye continuamente aunque lo haga por sí solo en procesos reversibles? En resumen, la metafísica no ya de la causa no causada sino del origen de lo que es en cuanto que es. 
 

Para responder a esto último, la Teoría del Todo no sería suficiente, sino que la ciencia debería encontrar la Teoría del Todo y Nada. En otras palabras, no solo un universo que se genere a sí mismo sino que además lo haga a raíz de la Nada. 
 

Hay nada y de repente hay algo. No me refiero al vacío, a algo que aparezca del vacío. Se ha demostrado que en el vacío más absoluto a nivel cuántico se produce un burbujeo constante de partículas que transitan entre la existencia y la inexistencia. Cuando me refiero a la Nada, me refiero a la ausencia incluso de espacio, de dimensiones. La Nada supone hasta la ausencia de vacío del que pueda brotar algo. 
 

La Teoría del Todo y Nada implicaría que de la Nada, tal como la he definido, surgiera algo, el universo, y que sea plausible que igual que apareció en un momento dado pueda volver a ella. Esta reversibilidad es imprescindible porque de no ser así, de aparecer el universo de la Nada sin ser susceptible de volver a ella, la pregunta queda en el aire: ¿qué o quién provocó que de la Nada surgiera el Todo? Por el contrario, si espontáneamente de la Nada brota algo, y ese algo espontáneamente regresa a la Nada, y así sucesivamente, no quedará sospecha alguna de un ente creador primero omnipotente y omnisciente que permanezca detrás. 
 

Esa ha de ser la condición, la cual, aparte de contraintuitiva, contradice el principio de conservación de la energía, el más sagrado de la Física. No obstante, he de insistir que si la ciencia pretende demostrarse suficiente en sí misma sin necesidad de apoyos metafísicos ha de demostrar que Todo y Nada son consustanciales y complementarios.
 

Aunque no es tan sencilla. Esta es la conclusión a la que se llega cuando planteamos que Dios no existe. Ahora supongamos la contrapartida, admitamos a Dios como hipótesis. 
 

Tras Aristóteles, más de un milenio más tarde, tanto en el Islam como en el cristianismo, hubo personas que pugnaron por resolver las preguntas metafísicas aristotélicas depositando la respuesta en Dios. Dios como el origen de lo que es en cuanto que es, la causa primera, el motor que puso en marcha la creación. 
 

Alguien pudiera decir que se trata de la solución sencilla. Como no somos capaces de explicar el origen de la materia o del universo, debe haber un Dios. 
 

Bueno, sencilla no sería la palabra. Los seres humanos, igual que caricaturizamos a los animales confiriéndole cualidades humanas, hemos caricaturizado a Dios. Es común recrearlo como un viejo venerable de barba blanca y expresión severa sentado en su trono que juzga a propios y extraños. Además solemos concebirlo así recordando la frase de la Biblia: “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”. 
 

Aunque esto sería una idealización infantil. Hay quien ha discurrido mucho, quien ha invertido toda su vida en meditar sobre la naturaleza de Dios. 
 

Por ejemplo, podemos remitirnos al pensamiento de Ibenarabí, un místico sufí nacido en Murcia y criado en Sevilla que vivió entre los siglos XII y XIII, en plena Edad Media. De acuerdo con el libro de Fernando Mora sobre su vida, obra y pensamiento, fue coetáneo de Averroes, el gran comentarista de Aristóteles. Y quizás quedó influenciado por ello cuando señaló que Dios es Ser. Es el único Ser. Y nosotros, lo que nos rodea, todo lo que vemos, oímos, palpamos, somos los no seres. Los no seres porque no permanecemos, sino que cambiamos, mutamos, nacemos, morimos, aparecemos, desaparecemos. Mientras que Dios es Ser porque es inmutable. 
 

No obstante, es inmutable pero se despliega. Todo lo que existe, lo que vemos, oímos, palpamos, se compone como emanaciones de la sustancia divina. Dios es inmutable pero a la vez se despliega y explaya para dar forma a la creación. El universo se crea y destruye a cada momento, lo hace a raíz de la esencia de Dios, siendo la prueba del infinito amor de Dios que el universo no desaparezca definitivamente, sino que, al mismo tiempo que se descompone a cada instante, se recompone en el siguiente. Por este motivo, Dios es Todo, y Nada. Todo porque todo lo que existe es proyección de su Ser, el único verdadero. Y Nada porque del mismo modo que algo toma forma puede quedarse en Nada regresando a su Ser. 
 

La pregunta, el interrogante llegados a este punto, sería por qué lo hace. ¿Por qué Dios decide desplegarse dando forma a todo lo que existe? Ibenarabí proporciona una respuesta que me satisface a medias. Dios es un tesoro escondido que pretende ser valorado y reconocido. En otras palabras, Dios se despliega para desarrollar observadores que observen toda la maravilla de la creación. Así como que lo adoren, que lo veneren, que lo amen por su grandeza. 
 

Digo que me satisface a medias porque, por un lado, curiosamente concuerda con tesis que últimamente la ciencia discute y debate. Como la cuestión del observador. Hay sectores que teorizan y conciben que el universo es como es porque hay un observador que lo observa, que le da forma con su acto de observar, lo cual sería equivalente a la noción de un Dios que genera la totalidad en busca de un sujeto consciente que se percate de su sacrificio y lo venere por ello. 
 

Sin embargo, siempre bajo la suposición de que exista ese Dios, me resulta complicado entender que haya forjado el universo, el conjunto de la creación, únicamente para que nos hagamos conscientes de ello y lo adoremos. A eso lo llamaría vanidad, un sentimiento muy humano cuando Dios no es para nada humano. 
 

Según la “Teología negativa” no somos capaces de comprender la verdadera naturaleza de Dios porque la divinidad no comparte ninguno de nuestros atributos. Es cierto que en la Biblia se dice que “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”. Pero esto, a tenor de místicos como Ibenarabí en la órbita islámica, de Meister Eckhart en la cristiana, así como de otros muchos en el hinduísmo, budismo, taoísmo, etc., implica no que Dios sea antropomorfo, con un tronco, dos brazos, dos piernas y una cabeza, sino que hay en nosotros una chispa divina que nos permite ser capaces de acercarnos a la divinidad. Y la manera de acceder a Dios, a través del camino del místico, consiste en desgajarnos de todo lo que nos hace humanos. El ego, nuestro pasado, nuestros hechos, nuestra familia, nuestros deseos. Como señalaba Ibenarabí, el camino a Dios pasa por la extinción de uno mismo. O, como promulgó siglos más tarde el místico español Sergio de Molinos a través del quietismo, anula tu voluntad, no hagas nada, súmete en la pasividad extrema, hasta que Dios haga acto de presencia en ti. 
 

Mas, si el modo de aproximarse a Dios es la anulación de nuestros atributos, de tal modo que Dios no comparte ninguno de ellos, se me antoja complicado asimilar que pueda albergar la vanidad de ser un tesoro escondido que pretenda que observemos y que adoremos.
 

Al contrario, esta noción de divinidad se distanciaría de lo que comprendemos tradicionalmente como Dios. No sería alguien que actúa, su cometido no sería provocar el bien,  ni el mal, no le podemos achacar las culpas de lo que sucede, de las leyes de la Física, de la evolución. Como señala el escritor noruego Jon Fosse, es un Dios impotente, un Dios que no existe. Ahora bien, no existe pero sin embargo es, Dios es Ser. No le hace falta existir, todo lo que existe es una emanación de su esencia. No nos habla pero está ahí, solo podemos intuir su presencia.
 

Como conclusión, hemos establecido la Teoría del Todo y Nada como la condición para no necesitar a Dios como hipótesis. Sin embargo, hace ya siglos que los místicos argumentan y divagan sobre un Dios que es puro Ser con el rango de la realidad que fluctúa entre el Todo y la Nada. En otras palabras, ni siquiera alcanzando esa teoría podríamos librarnos de Dios. Lo siento pero, siguiendo este razonamiento, nadie, nunca, jamás, será capaz de erradicar del todo la sospecha de Dios. El ateo como el creyente actúa no por certeza sino por convicción, no por razonamiento sino por fe. Y si no hay fe lo que quedará en cualquier caso será la duda. 
 

Dicho esto, concluimos aquí en El gato de Ugarit. Esperando que les haya resultado de interés, nos despedimos. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: “No son más que especulaciones”. 

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