Libre albedrío
Si somos libres para decidir, ¿por qué a veces nos cuesta desprendernos de las personas o situaciones que nos hacen daño? O nos dejamos engatusar por las que insisten e insisten, pretenden dominarnos, nos mienten, aún a sabiendas que que lo hacen, ya sean familiares, parejas, amigos o políticos, concluyendo en que los dejamos entrar en nuestras vidas. Libertad, divino tesoro. Pienso, luego existo. Decido, elijo entre opciones, luego soy libre. Pero, ¿hasta qué punto no es más que una ficción? ¿En qué medida soy yo el que decide o en detrimento impone mi entorno? ¿Con qué frecuencia pienso, o me piensan? ¿Hay algo, o alguien, que me coloca los pensamientos en la oscura bóveda de mi consciencia? En definitivas cuentas, ¿y si no hubiera tal como eso que llaman “libre albedrío”?
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
Jesús de Nazaret camina por el antiguo Israel en torno al año 30 de nuestra era, ve a un publicano, a un cobrador de impuestos, a un pobre pescador. Les dice “Ven, déjalo todo, y sígueme”. Y ellos lo dejan todo y se convierten en sus discípulos. Hoy en día nos resultaría inconcebible. ¿Por qué una persona cualquiera así de pronto va a dejar su vida atrás porque un nota se lo haya dicho? ¿Lo hacen por propia voluntad? ¿Se ven coaccionados, forzados? ¿Se sienten imbuidos del apabullante carisma de Jesús? ¿Es el poder de Dios? Por supuesto, en los Evangelios se relata de personas que se negaron a esta petición, como el rico que no fue capaz de vender todas sus pertenencias para ponerse en manos de Cristo. O los judíos en las sinagogas que cada vez que escuchaban al nazareno interpretar la ley pretendían apedrearlo.
La explicación podría reconocerse en que eran personas muy condicionadas. El rico se encontraba demasiado apegado a sus riquezas. Los judíos se hallaban tan imbuidos de tradiciones y de palabras contenidas en sus Escrituras que, cuando alguien vino con una revolución, cuando les dijo que la ley no era tan relevante como amarse los unos a los otros, cuando la pureza no radicaba tanto en lavarse las manos antes de comer como en la bondad de sus sentimientos y sus acciones, se negaron a entenderlo. Hoy día, mismamente, entre nuestros lujos, nuestros placeres, nuestro trabajo, la familia, las obligaciones, no creo que siguiéramos al Mesías ni aunque multiplicara el silicio de los microchips como lo hizo con los panes. Pero estamos hablando de hace dos mil años, de campesinos y pescadores de una época en la que la esperanza de vida era de unos treinta a treinta y cinco. Gentes cuyos padres seguramente ya hubieran fallecido, aparte sumidos en la pobreza y humildad extremas, en la inmisericorde sencillez, y entonces contaban con más libertad para dejarlo todo y cambiar de existencia. Como señala San Juan en varias ocasiones de su Evangelio, aquellos para los que estaba destinado el mensaje, los judíos, se negaron a escucharlo, y hubo que difundirlo entre quienes sí estuvieron dispuestos a acogerlo.
En definitiva, lo que estoy dando a entender es que quizás haya una razón por la cual los seguidores siguieron a Jesús, y por la cual los que no lo hicieron no lo hicieron. Y no descansa tanto, o solamente, en el carisma del Mesías, sino por la sencilla razón de tener demasiada carga que pesaba abandonar atrás o no. Los que iban ligeros de equipaje marchaban prestos, para los demás el mensaje no fue capaz de atravesar las capas de inercia que cada persona porta detrás de sí, y que determinan, mal que nos pese, nuestro comportamiento.
Robert Sapolsky es un endocrinólogo y neurobiólogo que ha saltado en los últimos tiempos a la fama por dos libros que tratan de explicar por qué actuamos como lo hacemos. El primero es “Compórtate”, el segundo “Decidido”. En este último es tajante. El libre albedrío no existe, es una ilusión de nuestra conciencia. Es una fantasía el que tengamos capacidad de decisión, el que poseamos un espíritu, una mente, capaz de sobreponerse y dictaminar sobre las necesidades del cuerpo. Su tesis incluso va más allá. No podemos culpar a alguien por comportarse por cómo lo hace. Existe una mezcla de biología, cultura y presión social, emocional y afectiva, que es la que determina cómo iremos a responder ante determinado estímulo o tensión del entorno.
Mejor dicho, es todo biología. Nuestro cuerpo contiene multitud de mecanismos de compensación y de refuerzo, tanto positivo como negativo, métodos de recompensa y castigo. Como hormonas que inducen el placer o lo contrario, sensaciones de asco, vergüenza, ansiedad, angustia, empequeñecimiento… Y esas sensaciones, esas respuestas, se asocian a determinados hechos del entorno. Siguiendo a Sapolsky podríamos dilucidar que la cultura se acoge a base de mecanismos de premio y castigo. Por ejemplo, nuestros padres nos regañaron cuando fuimos maleducados u obramos de manera violenta con nuestros hermanos, o nos premiaron cuando recogimos la mesa, o nos abrazaron sin motivo aparente solo porque nos querían. La reacción hormonal de bienestar o de malestar que esos sucesos conllevaban se grabaron en nosotros como en una página en blanco. A partir de ese momento transcribimos estas sensaciones a otros sucesos análogos y actuamos en consonancia como nos han educado para reproducir los refuerzos positivos y negativos que nuestro cuerpo ha grabado en sí. Así es como la educación y la cultura se marca de manera indeleble en nosotros.
No tenemos por qué culpar a nuestros padres. O a nuestra sociedad, religión, cultura, etc., de cómo somos. Si no son nuestros progenitores, o nuestros parientes, o la comunidad, quedaremos marcados de un modo o de otro, quizás incluso por azar. Y entonces a lo mejor nos gusta menos.
Desde luego lo bien que vendría que alguien nos precaviera ante las personas que insisten e insisten. Nuestro organismo, nuestra mente, presenta un límite de las veces que somos capaces de decir que no. En ocasiones por la propia educación que hemos recibido, de seres amables y dispuestos, que nos hace sentir mal cuando nos negamos ante algo que una persona cercana, o que nos resulta atractiva, o que nos produce lástima y conmiseración, nos pide. En otras palabras, la carga de culpabilidad aprehendida. Pero a veces simplemente sucede porque el cuerpo no sabe cómo reaccionar ante tanta insistencia. Como infantes obedientes nuestros padres no nos insistían. Entonces, llega un momento en que el catálogo de reacciones asimiladas se agota, y ante circunstancias nuevas resulta mejor decir que sí porque se trata de una reacción emocional positiva que nos induce placer. Y lo apañado que sería que en vez de responder que sí alguien nos hubiera alertado sobre esto, acerca de los pesados cansinos manipuladores. Que si hemos dicho que no es que no, y nadie nos tiene que lavar el cerebro a su favor.
O, ¿qué señalar del autoengaño? Una persona que nos hace daño, que nos hace mal, pero preferimos mirar para otro lado, decirnos que mejorará, que cambiará de actitud, o incluso la protegemos cuando recibimos críticas de la misma. Nos preocupamos por estar a buenas con ella o incluso transigimos con sus órdenes y peticiones, porque hemos aprendido que contrariándola segregamos sustancias que nos hacen sentir mal. Esto mismo sucede tanto para las parejas que nos maltratan como para los políticos de nuestro partido que nos mienten o nos traicionan. Si es de los míos, si es de los nuestros… Pero, ¡qué demonios! Es que es de los míos, es de los nuestros, es del grupo, de la opción, que supuestamente he elegido. ¿Y cómo puedo estar equivocado? ¿Cómo admitir andar errado en eso? En definitiva. A veces es más duro afrontar toda la angustia de aceptar que hemos podido incidir, y reincidir, en un error, que por contra admitir haber otorgado mi confianza a una postura que va en soslayo de mis intereses.
No es que no seamos capaces de cambiar de parecer, de opinión. Cambiar de chaqueta, como de partido político, de facción, de equipo de fútbol, de religión, de creencias… Pero para eso el malestar que reconocemos que nos está produciendo esa cosa negativa debe ser mayor que el placer que nos induce la máscara de autoengaño con la que nos hemos equipado, las ideas falsas que nos impiden reconocer el mal o la verdad tras lo que nos hace sufrir. O contrarrestar el lavado de cerebro. Las ocasiones que nos hemos repetido, o nos han repetido, que nos irá mejor si persistimos con tal persona o tal situación. En otras palabras, las inercias que nos hemos, o nos han, generado, y bajo las que nos autoencarcelamos.
Entonces, con esta serie de argumentos y de premisas parece que la respuesta es afirmativa, que el libre albedrío es una ficción. Somos los esclavos de nuestras reacciones hormonales.
Sapolsky indica que aceptar nuestras limitaciones supone una liberación. Como en la película de Roger Rabbit cuando uno de los personajes señala que “No soy tan mala, es que me dibujaron así”.
Hay otros en cambio, que últimamente son legión, los gurús de una aparente nueva ola, que hallan la solución en la reprogramación. La famosa PNL, la Programación Neuro-Lingüística. Si nuestro cerebro se ha programado para hacernos infelices, alteremos los patrones de asociación. Ahora bien, ¿quién nos puede asegurar que, de actuar de este modo, reprogramando qué nos produce placer o malestar, quedemos abocados a una situación del estilo de “La naranja mecánica”, perder aún más el libre albedrío en pos de estar a bien con la sociedad? Es decir, quién nos asegura que la solución pueda ser peor al problema puesto que es susceptible de convertirse en herramienta de control de masas.
Por ello, antes de apuntalar los clavos del ataúd para contener, enterrar y desterrar al olvido al libre albedrío, quizás como mecanismo de autodefensa, aunque espero que no sea así, señalar que albergo mis dudas al respecto. Fundamentalmente porque no soy capaz de responder a la siguiente pregunta: si estamos tan condicionados a nuestras reacciones físicas, ¿por qué albergamos una conciencia? Me explico, ¿por qué poseemos una voz en nuestro interior que nos hace reconocernos como individuos independientes de otros y, sobre todo, con una mente que en teoría toma sus propias decisiones? Sapolsky y otros muchos pensadores esgrimen sin ningún género de duda que el cerebro nos engaña. Incluso la ciencia ha detectado eventos en los que el músculo se activa antes de que conscientemente se haya enviado la orden de moverlo. Pero, de nuevo repito la pregunta, ¿por qué tamaña ficción, tamaño engaño? ¿Para qué es necesario mentir a la conciencia, o que esta resida en una ilusión?
En otras palabras, ¿cuál es el propósito evolutivo de la fantasía de la autodefinición? Un neurobiólogo podría argumentar que la respuesta se reconoce en un término que ya hemos empleado. Ni más ni menos que en el autoengaño. Para no tener que sufrir más de la cuenta, para soportar los desplantes de aquellos a los que decimos amar, o la angustia de estar equivocados, etc., nos creamos versiones de la realidad que apacigüen el malestar. Es decir, el propósito de la conciencia estaría en la generación de un relato que disimule la arbitrariedad de nuestras asociaciones de premio y recompensa. Por ejemplo, si nos angustia la realidad incontestable de la muerte, nos inventamos a un Dios que nos promete la vida eterna. En definitiva, nos procuramos una conciencia que vive en la ficción de concebirse suficiente con el fin de generar otras ficciones que nos permitan estar la mayor parte del tiempo felices.
Los neandertales debían sentirse amargados, desquiciados. Verse obligados a obrar de un determinado modo que en ocasiones les hacía daño y no poder inventarse una versión de la realidad que diera una explicación, aunque irreal, a su malestar. Barrunto, no lo sé. Nadie sabe cómo pensaban los neandertales si es que albergaban una conciencia.
Pero sí me veo capaz de analizar el modo como me percibo y cavilo. Y hay una evidencia consistente en que, aparte de poseer una voz interior en apariencia separada de los vaivenes del cuerpo, me hago preguntas. ¿Por qué actúo así? ¿Por qué me comporto de este modo? ¿Por qué me empeño en sufrir o en tolerar aquello que me produce dolor? Alguien me insulta y en vez de defenderme me repliego, me constriño dentro de un agujero, me hago una bolita. Analizo mi comportamiento y me digo a mí mismo: “No quiero volver a actuar de este modo, no deseo volver a sentirme así". Y por eso abordo voluntariamente un cambio en mi vida destinado a sanarme.
El argumento biológico implicaría que es la angustia al observar mi comportamiento el que me hace reaccionar y desarrollar la voluntad de mejorar. Pero este argumento cae en el sinsentido entonces de que no puede ser refutado. Según Popper, un filósofo de comienzos del siglo XX, una tesis es científica si puedo formular un experimento susceptible de demostrar su falsabilidad. Pero si cuando me hago preguntas, o caigo en la conclusión de que debo reprogramar mi cerebro para no caer en determinadas tendencias, también se entendería como un producto de los mecanismos hormonales de premio y castigo, no hay manera de ejercer ese experimento.
La única conclusión, y con esto vamos llegando al final del programa de hoy, es que se produce lo que podríamos denominar una dualidad hermenéutica, un doble camino a la hora de interpretar la realidad. Cuando arribamos a una teoría que no admite posible refutación, como la de Sapolsky, o el psicoanálisis de Freud, tan cierto es su postulado como el contrario. Tan válida es una versión como la otra. Tan admisible es concebir que nuestro organismo nos define y nuestro cerebro nos engaña, como pensar que albergamos una conciencia, y que poseemos dicha conciencia para ser los protagonistas de la lucha interna. Que si bien es cierto que albergamos mecanismos de premio y castigo que nos condicionan, nosotros somos los que actuamos para decidir que dichos mecanismos nos gustan o no. Nuestra pretensión es cambiarlos. Sabemos lo que queremos ser o cómo no queremos actuar.
En definitiva, volviendo al ejemplo del Mesías, es cierto que los humildes le seguían con mayor facilidad que los ricos, poderosos e instruidos por la sinagoga que solían no aceptarlo. Sin embargo, también hubo pobres y harapientos que lo rechazaron, lo ningunearon y lo traicionaron, como Judas, y maestros de la ley que se pusieron de su parte y lo apoyaron. La reacción de esas personas fue más fuerte que su entorno. Ya es otro cantar escudriñar si lo hicieron condicionados por demás rasgos de personalidad que desconocemos, o si acometieron por propia voluntad.
Como he dicho, no veo viable demostrar científicamente cuál de las dos versiones es la correcta, por lo tanto, que cada cual se quede con su versión de los hechos, con el argumento que prefieran, si con el excesivamente materialista que nos niega el libre albedrío, o aquel que reconoce un espíritu en nosotros capaz de modificar su destino.
De momento, nos despedimos. Cerramos sesión en "El gato de Ugarit” esperando que les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: “no son más que especulaciones”.
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