La conquista del polo sur

 

Probablemente sepamos más de Marte que de la Antártida, aunque ningún ser humano haya llegado hasta allí. Posiblemente, quien más y quien menos esté al corriente de que el monte Olimpo de Marte es el más alto del sistema solar, o conozca el valle Marineris como el conjunto de cañones que circunda el ecuador del planeta. Sin embargo, no tengo tan claro que el común de la población pueda nombrar aunque sea un accidente geográfico de la masa de tierra más al sur. Desde luego, hay más obras de ficción ambientadas en Marte que sobre la Antártida. Bastantes más. El polo sur geográfico resulta tan inhóspito, tan impenetrable, las temperaturas tan bajas, las condiciones tan extremas, que quién se atreve a viajar a la Antártida, a pesar de situarse en nuestro mismo mundo, bajo nuestra misma atmósfera, quién está en condiciones de hacerlo. Científicos, aventureros… pocos más. He conocido de primera mano a personas que se preparaban para enfrentarse al K2, pero a nadie que haya arrostrado tamaña aventura como hace más de cien años lo hicieron los pioneros: Shackleton, Amundsen, Scott. Y, sin embargo, es una de las expediciones más increíbles que podamos arrostrar. Prácticamente, casi del mismo calibre como viajar a Marte.

Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.

Hoy no nos disponemos a hablar de un misterio tal cual. La historia es bien conocida. Entre 1910 y 1912 dos exploradores, Roald Amundsen y Robert Falcon Scott, el uno noruego, el segundo británico, afrontaron la carrera por llegar al polo sur geográfico. El triunfo se lo llevó el noruego Amundsen el 11 de diciembre de 1911. Scott arribaría a su objetivo algo más de un mes más tarde, el 17 de enero de 1912. Amundsen regresaría a casa sano y salvo, sin bajas humanas. Scott moriría en el viaje de vuelta junto a otros tres hombres se calcula que a finales de marzo de ese año. 

Recuerdo que estando en el instituto, una profesora nos habló del citado viaje en clase. Lo hizo haciendo referencia a que el morbo y la tragedia despiertan más interés que el logro. Y utilizó el ejemplo de que la mayoría había oído hablar de la expedición de Scott y cómo terminó, y casi nadie de la de Amundsen. Curiosamente, yo no había oído hablar de Scott, pero sin embargo sí estaba al corriente de que el noruego fue el primero en llegar al polo sur. Eso contradecía la versión de la profesora. No obstante, con el tiempo me he dado cuenta de la razón que tenía. Por ejemplo, el grupo musical Mecano dedicó una canción a Scott titulada “Héroes de la Antártida”, apenas mencionando a Amundsen. O, en la radio, en programas que escucho, recomiendan el libro que escribió Aspley Cherry-Garrard, uno de los compañeros de Scott en la citada aventura, reconociéndole más mérito y consideración que el que finalmente se llevó el gato al agua. Siguiendo la recomendación compré el citado libro, titulado “El peor viaje del mundo”. Pero, como me supo a poco, y deseaba saber más, adquirí también “Polo sur”, redactado por Amundsen. El programa de hoy trata de hacer una síntesis y comparación entre ambos volúmenes. 

En primer lugar decir que ambos libros harán las delicias de quienes los lean. Aunque hay que reconocer que Cherry-Garrard, el inglés, es mejor escritor que Amundsen. Sin embargo, hay un detalle que no me gusta del británico, y es el chovinismo o la reivindicación de su comandante en jefe, Scott, sin ser capaz de reconocer los numerosos errores que cometió y que le llevaron a un final aciago. La última parte de las más de novecientas páginas de la edición se dedica a una exaltación de su figura quitando importancia a lo que diferenció a Amundsen y lo llevó a ser el primero. Por ejemplo, se escuda en que la expedición inglesa fue ante todo una misión científica para realizar mediciones, hacer prospecciones geológicas, averiguar sobre la fauna local, etc., mientras que la del noruego estaba especialmente dirigida a lograr la hazaña de llegar al polo. De este modo, quita mérito a su contrincante mientras crea una excusa perfecta para su fracaso. Sin embargo, no es cierto. La de Amundsen también era en principio una expedición científica. Así como el propio Cherry-Garrard, en otro capítulo del libro, confirma que Scott tenía como principal objetivo alcanzar el polo. Aún más, admitía que sin ese fin la expedición entera no tenía sentido. 

Es cierto. En esa época los viajes de este tipo resultaban demasiado costosos para dedicarlos exclusivamente a propósitos científicos y a incrementar el conocimiento. Hacía falta algo sensacional, la noticia de prensa, un primer titular en todos los periódicos, para recaudar financiación suficiente. Como alcanzar uno de los pocos límites a los que el ser humano aún no había llegado, como era el polo sur. 
Aparte que, y esa es una pregunta que puedo plantear, cabría reflexionar sobre que es más importante para la ciencia, si recabar rocas de la Antártida, o averiguar el modo como unos exploradores pueden recorrer el continente más austral con algunas de las temperaturas más bajas del planeta sin congelarse. 
Lo explico con un ejemplo. El peor viaje del mundo no se refiere únicamente al intento de Scott de llegar al polo sur, sino al propio periplo paralelo que protagonizó el autor, Cherry-Garrard, con otros dos hombres, para recolectar huevos de pingüino emperador. Tuvo lugar unos meses antes de la acometida final al polo sur. El propósito era científico, para enviarlos al Reino Unido y que allí los analizasen. Solo podía hacerse durante la larga noche antártica, antes de que los huevos eclosionaran. Las temperaturas alcanzaban fácilmente los cincuenta bajo cero. No llevaban animales de carga, arrastraban ellos mismos los trineos. Cada vez que tenían que vestirse y desvestirse tardaban horas en hacerlo porque las ropas, si bien calentitas, eran poco apropiadas y se fijaban a la piel como una lapa. Lo mismo que los sacos de dormir, que captaban la humedad de sus cuerpos y no la soltaban, estando paulatinamente más mojados cada jornada con la incomodidad consiguiente. Una vez un vendaval se llevó la tienda de campaña mientras dormían. Eso podría haber significado su muerte, si no fuera porque la encontraron providencialmente a unos cuantos cientos de metros.

En general, el relato de Cherry-Garrard, no solo de este trayecto menor, sino de toda la peripecia, es de desgracia tras desgracia. Huesos entumecidos, miembros congelados, enfermedades, condiciones infrahumanas, el sacrificio de los ponis que llevaron consigo. Nos dice que mereció la pena, que se consiguieron los objetivos, etcétera. Si bien eso no quita la realidad palpable que se infiere del relato: no fueron bien preparados ni pertrechados. Y aún así se encabezonaron en conseguirlo. El relato del británico me recuerda a lo que tan solo dos años más tarde sucedería en la I Guerra Mundial. Una tecnología armamentística apabullante con cañones, fusiles de repetición, ametralladoras y gas letal. Y sin embargo, una filosofía de la guerra anticuada con cientos de miles de soldados a la carga muriendo como moscas. El relato inglés es de otra época, me recuerda a cuando los barcos circunnavegaban el globo perdiendo dos terceras partes de la tripulación por el escorbuto y tardando dos siglos en encontrar la cura cuando los españoles ya la conocían en el XVI. Un relato basado en la cabezonería, en el honor y la gloria, en el envanecimiento, en la falaz creencia de que tenían que esforzarse lo indecible y pasar por lo indecible por el mero hecho de ser ingleses, con la vida humana pasando a un segundo plano. 

En comparación, la narración de Amundsen parece casi un paseo campestre. El noruego podría haber firmado esa máxima de “El arte de la guerra” de Sun-Tzu que señala que solo hay que librar una batalla cuando se sabe con seguridad que se va a ganar. Eso es lo que hizo Amundsen, se preparó concienzudamente durante meses. Buscó la mejor ropa de abrigo, más cómoda, y que no diera problemas a la hora de vestirse y desvestirse; la mejor comida empaquetada tanto para los hombres como para los perros; encargó tiendas de campaña que no se las llevara el viento, fácilmente desmontables, y se las ingenió para aligerar la carga lo máximo posible. No solo eso, sino que, por si algo fallaba, se llevó a gente que realmente sabía hacer cosas. No a voluntarios o a doctos hombres de ciencia poco dados a labores manuales, sino a artesanos natos que, al ver las condiciones sobre el terreno, mejoraron cuerdas, trineos, aparejos, correas, etc., y las fabricaron ellos mismos. 

Otro elemento diferenciador fueron los perros. Robert Falcon Scott llevó algunos perros pero prefería los ponis. Se llevó ejemplares manchúes adaptados al frío siberiano. Sin embargo, tozudos, imprevisibles, lentos, y con escasa capacidad de adaptación a los distintos tipos de superficie. Podría haber seguido el ejemplo de su compatriota, Ernest Shackleton, pocos años atrás, que llevó sobre todo perros árticos y casi alcanzó el polo. Pero en su lugar acarreó con ponis, a los que hubo que sacrificar cuando no pudieron más, de tal modo que fueron los exploradores los que tuvieron que arrastrar la carga. Y ni siquiera se preocupó por reducir peso, sino que por mor del interés científico portaba hasta con muestras geológicas de rocas que iban encontrando. A diferencia, los noruegos llevaron más de cien perros consigo, a los que hay que sumar las camadas que nacieron en el viaje. A donde quiera que fueron lo hicieron con los perros, mucho más rápidos que los ponis, con mayor versatilidad, de tal modo que fueron los perros y no los hombres sobre el trineo detrás, los primeros que alcanzaron el polo sur. 
Esta es una cuestión de la que tengo que avisar, ni el volumen de Cherry-Garrard ni el del noruego son aptos para animalistas. Amundsen, por ejemplo, antes de arrostrar el tramo final una vez alcanzó la meseta antártica, sacrificó a más de la mitad de los canes que llevaba consigo para ahorrar víveres. O qué decir de las focas. Para sostenerse sobre el terreno, para tener con qué alimentarse, tanto ingleses como noruegos mataron a centenares de focas. En ese sentido, el británico incluso describe en su libro el método que empleaba para hacerlo. Los animales, al no estar acostumbrados al ser humano, no huían. Incluso los pingüinos, demostrando una curiosidad suicida, se acercaban al campamento para ver lo que se cocía, terminando ellos mismos cocidos en la cazuela o descuartizados por los perros. Repito que no son libros para animalistas, ni para presentistas. No hay que juzgar con los ojos del tiempo presente. Aquellos eran otros tiempos, con otra sensibilidad, en ciernes de una I Guerra Mundial donde el valor de la vida pasó a ser nada. Hay que contemplar con ojos del pasado comprendiendo las dificultades y las necesidades por las que tuvieron que transcurrir. 

El libro de Amundsen, como digo, asemeja casi una ruta de senderismo en comparación con el de Cherry-Garrard. Y eso es quizás un motivo por el cual para algunos resulta menos interesante e incluso recelan del noruego. Lo hizo todo bien. Fue pragmático. No se dejó llevar por cantinelas como el honor, la sangre, o el arrojo, y ganó porque supo prever las eventualidades y resolverlas. El británico, por contra, concluye con un lloriqueo de mal perdedor, que si hubieran tenido mejor barco, si hubieran gozado de mejor tiempo, etc. Pero, cabe insistir, la clave estaba en la preparación. Por otra parte, hay un runrún que se transmite a lo largo de gran parte del libro, consistente en que Amundsen no tendría que haber estado allí. Era cierto. El explorador noruego en principio tenía en mente el objetivo de llegar al polo norte, pero cuando otro explorador, Mathew Peary, anunció que acababa de lograrlo, cambio su idea hacia el polo sur. 

Sin embargo, eso entraba dentro de la lógica. Como ya he comentado, una expedición científica de esa categoría solo podía sostenerse económicamente si buscaba perseguir un titular de prensa, por lo que el cambio de planes del noruego estaba justificado. Aparte que no fueron solo esas dos, sino que hasta cuatro expediciones distintas, dato que a menudo se ignora, se propusieron alcanzar el polo sur en esas fechas: la británica, la noruega, y también una alemana y otra japonesa. Solo que la alemana abordó la empresa por una zona impracticable por lo que fracasó, y los japoneses eran novatos en aventuras antárticas y apenas se alejaron de la costa. El mayor riesgo venía de los noruegos, y los británicos a menudo se escudaban en que no tenían derecho, que fueron ellos los pioneros en el polo sur, los que habían sufragado anteriores expediciones, y qué hacía un noruego batallando con ellos para alcanzar la fama.

Por romper una lanza a su favor, es cierto, los británicos fueron pioneros en la exploración de la Antártida. Un hito fundamental fue el descubrimiento del mar de Ross. Había una línea de icebergs que dificultaba a los barcos llegar al sur, hasta que el capitán Ross en 1841 la traspasó y descubrió tras ella un mar de aguas ricas en ballenas entre volcanes, cabos y bahías, así como tapiada por la gran barrera de acantilados de hielo de hasta cuarenta metros de altura que impedían el paso de los buques más hacia el polo. Robert Falcon Scott, entre 1903 y 1904, formó parte de la travesía que desde las costas del mar de Ross descubrió el glaciar Beardmore que permitía la subida hacia la meseta antártica. En 1909, Ernest Shackleton, siguiendo esa misma ruta, estuvo a punto de coronar el polo. 

Ahora bien, fueron los pioneros pero no los únicos. Por ejemplo, el propio Amundsen también estuvo en la Antártida previamente. Lo hizo en 1898 formando parte de la tripulación de un buque belga que, una vez en el mar de Ross, quedó atrapado entre los hielos, de tal modo que se vio obligado a permanecer un invierno entero bajo la noche permanente. Sobrevivieron a base de carne de foca, y gracias a que Amundsen confeccionó abrigos de piel de foca para resguardarse del frío. Esta experiencia no solo le sirvió a él, sino a empresas posteriores, como las que he mencionado de los ingleses, para enfrentarse al desafío del polo sur.

Por lo tanto, repito la pregunta, ¿qué fue más importante para la ciencia, conseguir un par de huevos de pingüinos, o demostrar la manera como se podía explorar la Antártida con menos riesgos?
Solo añadir una anécdota. Cuando Apsley Cherry-Garrard regresó al Reino Unido, acudió a la institución científica donde había enviado los huevos y descubrió para su consternación que aún no los habían desempaquetado, y que tardarían varios años en ocuparse de ellos.

Por otro lado, aunque el relato de Amundsen resulta menos fatídico, no significa que no afrontara peligros. Los ingleses tenían una ruta marcada previamente. Los noruegos tuvieron que explorar el terreno y abrir nuevas conforme avanzaban. Desembarcaron en un lugar del mar de Ross que no había sido examinado de antemano, se movieron con los trineos esquivando fisuras en el hielo y, una vez en tierra, reconocieron el terreno descubriendo otros glaciares por los que ascender hacia la meseta antártica. En otras palabras, sortearon una mayor incertidumbre que la de los británicos, y alcanzaron la meta porque estaban mejor preparados. 

Entonces, ¿por qué parece que se le menosprecie? ¿Por qué se les ignora aunque fue ron ejemplo de cómo deben hacerse las cosas, al menos mejor que sus contrincantes?  

Dejo abierto el interrogante. Me despido aquí en El gato de Ugarit, esperando que la emisión les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.  


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