El enigma de Ispal

 

Ispal fue el nombre fenicio de Sevilla allá por el siglo VIII a.C. De ahí derivó a la Híspalis romana, a la Isbiliya musulmana y, finalmente, al apelativo de la Sevilla contemporánea. Sin embargo, el origen de los topónimos, es decir, de los nombres de lugares, sobre todo cuando son tan antiguos, es algo a poner en duda. Por ejemplo, España vendría del fenicio Isephanim, transformado por los romanos en Hispania y traducido como “tierra de conejos”. Pero esta es una cuestión que algunos lingüistas rebaten señalando que bien podría significar otra cosa, como “tierra de batir metales”, o incluso que proviniera de algún nombre local, de algún topónimo que los nativos hubieran puesto a sus entidades geográficas. 


Del mismo modo, podríamos conjeturar que Ispal no fuera el nombre que los fenicios le pusieron a Sevilla, voz que significaría “tierra llana”, sino que provenga de una realidad anterior que estos asimilaron. Incluso, poniéndonos a especular, mucho más antigua, relevante, y compleja, de lo que podamos imaginar. 


Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.


El enigma arqueológico por excelencia en la península Ibérica es el de Tartessos. Hay referencias a esta civilización en numerosos textos griegos. Se han encontrado tesoros como el de Aliseda o el de El Carambolo. Se han hallado poblados como el de Tejada la Vieja, misteriosos asentamientos como los de Cancho Roano o El Turuñuelo, restos de escritura, escultura… Todo menos la capital. Si es que existió una capital. Se especula que estuvo en lo que hoy en día son las marismas de Doñana. También hay quien la emplaza en la ría de Huelva. O incluso hacia el interior río arriba, en donde se posicionaba la íbera Cástulo en lo que hoy son los alrededores de Linares. En cualquier caso, por ahora ni rastro de dicha capital.


En cambio sí sabemos de Ispal, con excavaciones serias al respecto. Tal como la concibe la arqueología ortodoxa, Ispal fue un asentamiento fenicio en lo que hoy es Sevilla en el margen del río Guadalquivir. En aquella época, hace unos dos mil ochocientos años, la geografía de esta parte del mundo era muy diferente de la que se ve en la actualidad. Por decirlo suavemente, el mar llegaba hasta Sevilla. Por entonces Ispal era un puerto junto a la desembocadura del río, y no durante su curso. Se situaba en un promontorio de escasa elevación, de apenas catorce metros sobre el nivel del mar, alrededor de lo que hoy es el patio de banderas de los Reales Alcázares, en un contexto que hemos de imaginar de meandros, islas y marismas costeras. En otras palabras, así como es común la locución “Antes todo esto era campo”, respecto a Sevilla, cuando nos emplazamos en lugares como el prado San Sebastián, la calle San Fernando, o la Puerta Jerez, lo correcto sería señalar: “Antes todo esto era playa”. En este entorno los fenicios erigieron un asentamiento de pequeño tamaño que no era propiamente una ciudad, tal como sí lo fue Gadir, sino más bien un puesto comercial para mercadear con los lugareños. 


Según San Isidoro de Sevilla en sus Etimologías Ispal significa “Sobre palos”. No hay que fiarse mucho de las etimologías del gran sabio visigodo puesto que fueron redactadas hace más de mil años, con escasa información, e incurren en numerosos errores. 


En cualquier caso, su elucubración incita a imaginar. Ispal, en un entorno costero y fluvial, puede que se compusiera como una amalgama de palafitos, de construcciones sobre troncos clavados en el lecho de lagunas y marismas costeras. Si fuera así sería más grande de lo que suponemos. No solo un enclave sobre una pequeña loma emergente junto a la desembocadura del río, sino un conjunto de casas de pescadores y otros tipos de construcciones en contacto con el agua en torno a la posición más elevada donde se aposentarían los extranjeros fenicios. 


Ahora bien, la duda que pretendo despertar, la cuestión que busco promover, es que a lo mejor Ispal no fue cosa solamente de los fenicios hacia el año 800 antes de nuestra era, sino que, partiendo de indicios, estaríamos en disposición de barajar un origen anterior. Bastante anterior. 


Como he dicho el principal enigma prehistórico a nivel peninsular es el tartésico, pero hay otro que preveo que despertará en los próximos años. O más bien que ya está despertando. Desde luego es mucho más antiguo. Hemos de remitirnos a fechas tan remotas en el tiempo como del 3.000 al 2.500 antes de Cristo. No es la primera vez que hablo de esta datación, en plena edad de cobre o calcolítico. Una época tan desconocida como prometedora, germen de una primera globalización, con civilizaciones que emergen en distintas partes del globo al unísono, con singularidades, con diferencias notables unas de otras, mas conectadas entre sí. Por ejemplo, en la Península Ibérica tenemos Los Millares en Almería, Marroquíes Bajos en Jaén, los poblados calcolíticos de Huelva, las fortificaciones de la península de Lisboa. Pero, sobre todo, el espectacular enclave de Valencina. Se posiciona en la cornisa del Aljarafe, a unos sesenta metros de altiplanicie sobre el valle del Guadalquivir a su paso por Sevilla, entre los términos municipales de Valencina de la Concepción y Castilleja de la Cuesta. Su extensión es de nada más y nada menos que de cuatrocientas cincuenta hectáreas, cuando la de Uruk, la ciudad más grande del mundo en aquel momento, era de seiscientas. 


No obstante, avisar que la cifra tiene trampa. Cuatrocientas cincuenta hectáreas pero doscientas son de necrópolis, es decir, de lugar de enterramiento. En dicha necrópolis se han reconocido más de una decena de grandes mausoleos, de entre los cuales son bastante conocidos los de Matarrubilla, La Pastora y Montelirio. Aparte de un sinfín de otros sepulcros menores, incluidos varios hipogeos, esto es, cuevas artificiales. Estos tres nombres que he mencionado presentan la consideración de monumentos megalíticos, construidos a base de grandes lajas de piedra. La roca de la zona es de mala calidad, por lo que los ortostatos no cuentan ni con el tamaño ni con la altura de otros hitos como el dolmen de Menga en Antequera, el de Zambujeiro en Évora o el de Lácara cerca de Mérida. Pero su monumentalidad se demuestra en la longitud de sus corredores, de más de cuarenta metros en algunos casos, y en la introducción de innovaciones tecnológicas como las cámaras circulares bajo falsas cúpulas conocidas como tholos que, por su datación, son de las primeras prácticamente en todo el ámbito mediterráneo. 
Asimismo, despunta por la riqueza de los ajuares funerarios. Son increíbles, no se ha encontrado nada igual en todo el Occidente. Por ejemplo, en la tumba de la conocida como dama de marfil se han hallado joyas de ámbar de Sicilia, una daga ceremonial de cuarzo, un cuerno de elefante africano, y otro de elefante asiático. Repito. Un cuerno de elefante africano, y otro de elefante asiático. Estamos hablando que en el antiguo Aljarafe sevillano, en el intervalo de tiempo que he mencionado, había gente que mantenía contactos comerciales con la India y con el Sáhara. Por otro lado, tenemos el misterio del dolmen de Montelirio, con al menos quince sacerdotisas enterradas envueltas en un complicado ceremonial de utensilios y vestidos confeccionados por miles de cuentas de hueso horadadas y unidas por hilos, y sus cuerpos bañados en cinabrio rojo. 


Entonces, recapitulando, tenemos un núcleo de cuatrocientas cincuenta hectáreas de extensión, una cifra tremebunda para la época. En una localización envidiable, a orillas de una bahía de aguas poco profundas, en la desembocadura de un gran río, próxima a las minas de cobre del río Tinto, que ya por entonces se explotaban, y cerca del estrecho de Gibraltar, por lo tanto conectada a las rutas marítimas del Mediterráneo y del Atlántico. Presentaba una élite de reinas sacerdotisas que se enterraban en enormes monumentos con ajuares repletos de lujo con objetos provenientes de Asia, de África, del Mediterráneo. En definitiva, no sabemos si Tartessos existió como capital, pero sí estamos seguros de la presencia dos mil años atrás de uno de los puertos más importantes del mundo durante el Calcolítico en las proximidades de Sevilla.


Aunque de nuevo hay trampa. 


La arqueología ortodoxa, seria, sesuda, que se basa en los restos, desde luego es imprescindible. Nos da hechos, pruebas fehacientes. Pero en ocasiones peca de falta de imaginación. Interpreta de manera sesgada o se atiene estrictamente a lo hallado y no al contexto. 


El yacimiento de Valencina es espectacular, y por supuesto que no se ha excavado entero por lo que quedan todavía muchas sorpresas. Sin embargo, lo que sí puedo señalar a título personal es que resulta tan llamativo por lo que se sabe, como por lo que no se sabe. 


Lo expongo con un ejemplo. En el poblado se ha encontrado un tipo de vivienda digamos primaria. Consistía en una zanja de no mucha profundidad, en cuyo fondo se clavaban postes que sostenían la techumbre a escasa altura. No contaba con apenas lujos. Resultaba incómoda, pequeña, insalubre. Manuel Pimentel, gran divulgador de temas arqueológicos y autor de la novela “Dolmen”, describe magistralmente lo miserable de estas casas con una frase cuyo sentido explícito es el siguiente: “Construían mejor sus tumbas para el más allá que sus palacios para el más acá”. Aparte que no se han encontrado diferencias de unas casas a otras. Prácticamente todos, poderosos y siervos, habitaban en las mismas rudimentarias condiciones. 


La arqueología ortodoxa lo interpreta del siguiente modo: eran sociedades igualitarias y, por lo tanto, no había diferencias sociales. Esto es un claro ejemplo de lo que expreso de interpretar sesgadamente, impera cierta ideología aplicando aspiraciones actuales como la igualdad social que solo con un poco de raciocinio no se sostienen. Vamos a ver. Es cierto que por ahora las casas no se diferencian unas de otras. Pero si has encontrado restos de una casta, de una élite de reinas sacerdotisas, con vestidos confeccionados a base de miles de cuentas de hueso horadadas cosidas con hilos, alguien ha tenido que hacer eso, alguien se ha dedicado exclusivamente a fabricarlos, y otra persona le ha tenido que ceder alimentos mientras lo hacía. En otras palabras, había especialización en el trabajo y, si había especialización en el trabajo, había división social, no había igualdad.


El yacimiento de Valencina, como digo, es llamativo por las carencias. Puede que me equivoque al señalar lo que paso a documentar porque me baso no en los estudios que se están haciendo ahora mismo sino en lo que he leído, pero… No se han encontrado molinos de mano, es decir, aparatos para moler el grano, obtener harina y cocinar. Era un gran emplazamiento comercial pero no se han hallado los almacenes de mercancías. En los ajuares de tumbas se reconocen gran cantidad de elementos manufacturados, pero, ¿dónde estaban los talleres? O los vertederos de productos malogrados. Nos encontramos en un contexto de progresiva militarización de la península. Los Millares estaba dentro de un recinto amurallado, al igual que los castros de la península de Lisboa como el de Zambujal. Siendo el asentamiento de Valencina tan goloso, lo único que se ha hallado es una triste cerca de palos. ¿Dónde quedan los restos de armas, los vestigios de una clase guerrera y militar? 


O qué decir de los barcos. El último descubrimiento, o al menos el último artículo que he leído al respecto, versa sobre el origen de la piedra del altar sita en lo más profundo del dolmen de Matarrubilla. Es una piedra de grandes dimensiones, labrada. Según el artículo fue transportada por mar desde el otro lado de la bahía en una balsa. Los arqueólogos se sorprenden de que fueran capaces de hacerlo, de que fueran capaces de tallar y trasladar una gran piedra por mar. Esto sería otra prueba de interpretación sesgada. Porque, pongámonos en contexto. Nos encontramos ante una civilización que mercadeaba con lugares tan lejanos como la India. Aparte, un asentamiento integrado en la civilización megalítica del Occidente europeo, experta en construir monumentos a base de grandes piedras, cuya expansión, desde Dinamarca e Irlanda hasta el estrecho de Gibraltar y el Atlas, solo puede comprenderse por la intercesión de la navegación. En abrigos en la roca del parque de los Alcornocales en Cádiz se han encontrado pinturas rupestres de esa época que detallan barcos de construcción compleja. Y aún así los artículos claman sobre la sorpresa de que fueran capaces de tallar una piedra de grandes dimensiones y de transportarla por mar. 


Aunque la verdad es que no me extraña que se sorprendan. Porque por un lado los restos nos hablan de una población miserable y básica en viviendas paupérrimas. Y por el otro, que si artesanía del cuarzo, del hueso, del cobre, flotas mercantiles llegadas desde muy lejos. O incluso la falta de herramientas elementales para moler grano. Ese es el misterio del asentamiento de Valencina, lo que no se ha encontrado. Se ha especulado incluso que no fuera un asentamiento permanente, sino uno estacional al que la población acudiera por ejemplo por motivo de rituales relacionados con el más allá. Algo así como el río Ganges en la India. Porque muertos, difuntos, esqueletos, caninas, se han encontrado por doquier. No solo en el área destinada para ello. Por ejemplo, agujeros empleados como despensa que en algún momento alguien reutilizó para meter dentro un cadáver. Había una zanja que se especula que fuera un foso de protección del poblado, y en algunas partes se colmató porque quien fuera se dedicó a enterrar a sus seres queridos allí. En definitiva, la gente parecía que iba allí con prisa para desprenderse de sus muertos.


Entonces, imaginemos que fuera así, que Valencina no se tratase de la gran metrópoli centro del comercio mundial, sino una ciudad ceremonial. Por visualizarlo con un ejemplo, como lo que se monta en torno a El Rocío durante una semana al año. De ser así, para encontrar lo que nos falta no habría que mirar tanto a Valencina, sino a lo que se ve desde allí, al valle. 


La actual Sevilla se emplaza en lo que por entonces era la desembocadura del Guadalquivir, una llanura aluvial enmarcada entre dos líneas de elevaciones no muy pronunciadas, el Aljarafe al oeste, los Alcores al este. El yacimiento de Valencina no es el único  en el valle. Por ejemplo, tenemos la necrópolis de El Gandul con variados monumentos megalíticos. Aparte, el poblado calcolítico de Carmona. Cerca de allí el gran túmulo de Alcaudete, el montículo prehistórico más alto y de mayor tamaño de la Península. Y un poco más lejos, el dolmen de Alberite, considerado uno de los más antiguos del mundo. 
¿Y si fuera así? Imaginemos. La gran ciudad no se hallaba en las alturas de Valencina, aquello era más bien el lugar ceremonial. Falta el puerto, los almacenes, las casas de los pescadores, las atarazanas para los barcos, los molinos de grano, los talleres, los templos y los palacios de las reinas sacerdotisas. Pudieran haberse localizado donde el río, junto al mar, sobre palos, a donde llegaban todas las mercancías. En definitiva, que Ispal no fuera un invento fenicio, sino una realidad que ya existía con anterioridad con alcance universal. 


Ahora bien, por mucho que imaginemos hay dos hechos que no cuadran. El primero que por qué los nativos no construyeron sobre la loma en cuestión que posteriormente ocuparon los fenicios. Era un terreno seco y elevado, mejor preparado y seguramente más cómodo que unos palafitos. Y, segundo, que de acuerdo con los análisis de los huesos, las reinas sacerdotisas no parecían alimentarse ni de pescado ni de marisco, sino de carne de ganado, lo cual es extraño residiendo junto al mar. Estas dos cuestiones me hacen sospechar que Ispal, si la seguimos conociendo como Ispal, el núcleo del comercio internacional del calcolítico, no se encontraría en la actual Sevilla, sino más al interior, río arriba, como un puerto fluvial alejado de la costa y protegido, en un emplazamiento que aún no se ha identificado. 


En definitiva, no solo es que no se conozca la localización donde estuvo Tartessos, sino que tampoco sabemos donde se hallaba la antigua Ispal mucho tiempo atrás de que los fenicios se asentaran en Ispal. 


Lamentando no poder decir más al respecto solo me queda despedirme por hoy. Aquí, en el Gato de Ugarit. Esperando que les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones. 

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