Tiempo y destino


 Según la Física hay más probabilidad de que me toque la lotería que de estar vivo. El universo tal como es, con sus galaxias, sus agujeros negros, sus estrellas, sus planetas, con su humanidad y alguien como yo, era francamente improbable que tuviera lugar. Hay más posibilidades de que me toque el Gordo varios años consecutivos que de haber existido un planeta donde emergiera la vida y surgiera una especie inteligente. Aún así no juego a la lotería. Mi presencia, mi familia, mi país, su historia, la realidad en la que me muevo y discurro, me ha sido dada. Pienso, luego existo. Pero no he elegido estar aquí como sí puedo optar por probar en la tómbola para hacerme millonario. Y la pregunta que me hago es si realmente soy, somos, productos de una coincidencia tremenda, del azar más absoluto, o hay una razón lógica, un motivo, que otorgue sentido a nuestra existencia.

Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a El gato de Ugarit, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.

La pregunta sobre el sentido es una de las más recurrentes. Digo ya de entrada que no la voy a solucionar. Si acaso, como un filósofo cualquiera, daré vueltas, vueltas y revueltas. Hay quien recurre a Dios, a la inmanencia, por la cual nuestra vida tiene un sentido, un propósito puesto que hay una entidad superior y supraconsciente que lo otorga. Otros caen en el más absoluto nihilismo. Encuentran el sinsentido en la falta de sentido, en concebir que todo sea el producto de la más absoluta azarosidad.

Stephen Hawking pensaba que no hacía falta Dios para demostrar cómo ha sido originado el universo. No es necesario tener a Dios como hipótesis para concebir como se produjo el Big Bang y la conformación de todo lo que existe. Ahora bien, tras el Big Bang el universo es como es como podría haber sido de otro modo distinto. De hecho, hay quien ha realizado cálculos sobre la probabilidad de que tras la Gran Explosión se desembocase en la formulación actual, habiéndose originado fenómenos como la vida y, entre cuestiones como el equilibrio entre materia y antimateria, la masa de los protones y neutrones, la constitución de los quarks, o incluso la velocidad de la luz, resulta que de todos los universo posibles la probabilidad de que tras el Big Bang haya sido surgido uno en el que la vida es factible es de una entre cuatrocientos billones, con b de burro. O cuatrocientos mil billones si tomamos el concepto de billón norteamericano.

Llegados a este punto cabe hacer referencia al famoso principio antrópico. Este principio no tiene un enunciado único, sino varios. Por ejemplo, la formulación débil indica que las leyes de este universo son aquellas compatibles con la aparición de la vida, pero que se llegó a esta configuración de la realidad por puro azar. Da la casualidad de que nos encontramos en el universo procedente de esa mínima probabilidad de que pudiera darse la vida.

Por contra, el principio antrópico fuerte implica que no es casualidad, que el universo es como es porque estaba destinado a que en él apareciese un observador, es decir, nosotros, alguien capaz de contemplarlo, de estudiarlo y de analizarlo. En otras palabras, por la sencilla razón de que existimos el universo es como es y no de otra manera.

Lo malo del principio antrópico es que, si aplicamos los edictos de la falsabilidad, no es un principio científico. Karl Popper dijo que una teoría es científica si es factible enunciar experimentos que demuestren que puede ser falsa, y con el principio antrópico es imposible puesto que el único universo al que nos está dado acceder, de momento, es este. Es decir, no conocemos otra esfera de la existencia con una configuración distinta a esta.

Aún así, de todos modos, supongamos que el principio antrópico fuerte es la teoría correcta, la hipótesis certera. El universo es el que es porque existimos, porque hay un observador capaz de observarlo. Entonces alguien podría pensar que realmente hay Dios porque de todas las configuraciones posibles es el que ha configurado la realidad para que pueda surgir en ella, si bien cumpliendo las reglas de la Física y los principios de la evolución, un observador que lo observe. Como dijo Galileo Galilei las matemáticas son el lenguaje por el cual Dios compuso la existencia.

No obstante, ahora digo que no es estrictamente necesaria la presencia de Dios. Y también es cuando la cosa se complica. Para explicar lo que estoy diciendo me tengo que remitir a la Mecánica Cuántica, el panorama que nos deja perplejos, el trasunto de la Física que está rompiendo con los moldes incluso del materialismo. Es complicado de explicar. Si nos atenemos a determinados experimentos en mecánica cuántica como el de la doble rendija, resulta que observando la realidad, al menos aquella microscópica, en el ámbito de lo subatómico, podemos alterar el pasado. Así como oyen. Repito que esto es complicado de explicar y de entender, que no es tan sencillo ni directo como parece, y que la argumentación nos daría para un programa completo. Por ahora mejor quedémonos en el corolario del asunto. Según la Mecánica Cuántica podemos alterar el pasado. Y, de acuerdo con esta premisa, podríamos llegar a la conclusión de que el universo es como es porque consciente, o inconscientemente, hemos actuado, o iremos a actuar, sobre su origen. En otras palabras, tras el Big Bang la realidad se compuso tal como la conocemos porque hemos actuado, o procederemos a modificar, o más bien a dejar tal como están, las condiciones bajo las que se produjo el Big Bang.

¿Esto quiere decir que es posible viajar al pasado? No necesariamente. Se abre la opción de actuar sobre el pasado según los principios de la Mecánica Cuántica en el panorama de lo subatómico, de lo infinitamente pequeño, pero otra cosa es que podamos trasladarnos como cuerpo físico y macroscópico. Eso sería entrar en un debate aún más profundo.

Pero de nuevo supongamos que sí, que es factible proyectarnos al pasado. Llegados a este punto entraríamos en el campo de la ciencia ficción. Y para exponer el caso procedo a emplear historias de la ciencia ficción.

Por ejemplo, la famosa paradoja del abuelo, o el trasunto de la saga de “Regreso al futuro”. Si viajamos al pasado es posible que lleguemos a matar a nuestro abuelo, o que actuemos de tal modo que impidamos que lleguemos a nacer, con tan mala suerte que nos desvanecemos como si nunca hubiéramos existido.

Hay quien soluciona la paradoja señalando que si viajáramos al pasado no lo haríamos a nuestro mismo universo, sino a otro paralelo y prácticamente idéntico pero que evolucionaría de modo distinto acorde a los cambios que introduzcamos en ese tiempo pretérito. En otras palabras, estoy hablando de la teoría del multiverso, según la cual existen infinitas realidades paralelas que evolucionan por separado. Por ejemplo, ante una difícil decisión en la que tengamos que responder si sí o si no, a partir de esa elección se conformarán dos universos, uno en el que hemos contestado afirmativamente y otro en el que no.

Esta hipótesis, que ha sida enunciada y defendida entre otros por Hugh Everett, como una manera de solucionar ciertos aspectos polémicos de la mecánica cuántica como el del colapso de la función de onda, esto es, no es el producto de la pura inventiva, sino que tiene incluso su postulación teórica y matemática potente detrás, es objeto de multitud de especulaciones y de argumentos de ciencia ficción. Existen incontables series y películas que tratan sobre la panoplia de universos paralelos. Desplazamientos y portales entre los mismos, los futuros que se desarrollan a raíz de una determinada elección, el encuentro con distintas versiones de nosotros mismos, incluso guerras entre planos de la realidad. Sin embargo, aunque, como hemos dicho, hay defensores dentro de la propios científicos sobre la veracidad de esta hipótesis, no es la más aceptada ni mucho menos entre los físicos. La versión dominante, y probablemente la verdadera, es que este es el único universo en que nos debatimos, que nuestra línea temporal sea la única que existe y que puede existir.

Entonces, retomemos la paradoja del abuelo. Viajamos al pasado y lo retorcemos de tal modo que el presente del que procedimos deja de existir. ¿Cómo se soluciona este brete? Sencillamente, no se puede viajar al pasado. Stephen Hawking propuso el principio de conservación de la cronología por el cual, para no romper con la sucesión temporal, no es posible viajar en el tiempo. Aunque otra opción más sugerente consiste en que, al trasladarnos al pasado, no lo hacemos para alterar el presente sino para mantenerlo tal como está. Esto es, nuestros hipotéticos viajes en el tiempo ya se hayan inscritos en la sucesión de la causa-efecto. Por ejemplo, tenemos el monumental argumento de “12 monos”, de Terry Gillian. O los de películas como Predestinación e Interstellar.

El hecho de viajar al pasado sin romper la sucesión de causa-efecto sino integrándose en la misma tiene un nombre, “curvas temporales cerradas” o “CTC”. Y, de cumplirse esta posibilidad, de ser así como sucede en la realidad, daría lugar a fenómenos inconcebibles pero extraordinarios. Me refiero a situaciones en bucle que son su propia causa.

Me explico con un ejemplo. Una comunidad en un mundo a punto de destruirse, y decide viajar al pasado a un tiempo pretérito huyendo de la destrucción. Esa comunidad en dicho pasado sufre una crisis, degenera, olvida de donde vino, pero sigue evolucionando, progresando, hasta que se ve en condiciones de volver a afrontar viajes en el tiempo y, cuando resulta que su mundo está a punto de destruirse, toma la decisión de moverse al pasado. En conclusión, la misma comunidad que fue a una época primitiva es la que después de miles años volverá a tomar la decisión de viajar a un momento anterior desarrollándose en bucle.

Aunque, de lo que pretendo llamar la atención en este tipo de narración es que esa comunidad se ha forjado a sí misma. Apareció de repente en la Historia para desaparecer en un momento dado. El universo se originó con el Big Bang, progresó, surgieron las partículas elementales, los átomos, las acumulaciones de gas, las estrellas, los planetas y las galaxias, las formas de vida. Y, en un momento dado, aparecen circunstancias no devenidas de la causa-efecto, aunque sí compatibles con sus leyes elementales, que surgen de repente y desaparecen de repente. Como he dicho, fenómenos que son su propia causa. Como una sociedad de seres que no han surgido por evolución de otras especies, sino prácticamente de la nada, a consecuencia de un bucle temporal cerrado. Por poner un ejemplo, hay una película extraordinaria de título “Los cronocrímenes”. Sin destripar el argumento solo señalar que, sencillamente por encender la máquina del tiempo, ya suceden cosas que por la simple causa-efecto no hubieran ocurrido.

En definitiva, en su Metafísica Aristóteles definía a Dios como la causa no causada, la sustancia divina que en el comienzo del tiempo encendió el motor de la causa-efecto. Toda causa tiene su efecto, y todo efecto es a su vez causa de otro efecto. Y en el inicio tuvo que existir algo, sin causa precedente, que diera pié a la primera causa. Ahora podríamos argumentar, siguiendo la noción de las curvas temporales cerradas, que no tiene por qué existir una primera causa no causada, sino que el universo es causa de sí mismo en cuanto que en su interior surgen observadores que, al alterar el pasado, provocan el estallido del Big Bang. Y a su vez, dentro del mismo, germinan otros bucles temporales cerrados que dan lugar a circunstancias compatibles con sus leyes pero que son su propia causa repitiéndose en un eterno retorno de manera cíclica.

El problema de entender la progresión de la causa-efecto, la línea temporal, de esta manera, es que se cae en la conclusión de que todo lo está por suceder ya ha sucedido. O, dicho de otro modo, que existe el destino, que todo lo que está por venir, igual que no podemos cambiar el pasado, puesto que al alterar el pasado dejamos el presente tal como está, ya se encuentra prefijado de antemano. Habrá quien lo acepte. Quien se alegre, quien lo suponga como una liberación. ¿Por qué habré de preocuparme por lo que me suceda si lo que está escrito que deba ocurrir ocurrirá?

Pero en la actualidad, con la mentalidad contemporánea, la noción del destino es incómoda. Preferimos pensar que lo que queda por venir es el producto de nuestras decisiones y que somos libres para tomarlas. En definitiva, el libre albedrío. Incluso recurrimos y tenemos esperanza en un concepto minoritario y menos plausible como el de los universos paralelos. Nos consuela pensar que hay otros yoes en otros planos de la existencia que posiblemente sufran menos que nosotros, hayan alcanzado una mejor posición, y conseguido lo que no hemos logrado. O, al contrario, otros universos en los que vivimos peor y somos nosotros los afortunados.

Igualmente, desde los panoramas del Misterio y de la espiritualidad, se suele preferir el planteamiento de los múltiples planos paralelos a pesar de que científicamente es una tesis menos aceptada. Especialmente si tenemos en cuenta un mundillo como el de las predicciones, las premoniciones, las visiones del futuro. Sobre todo cuando desde ciertos ámbitos se insiste en que las profecías nos llegan para esquivar las consecuencias de tomar determinadas decisiones. En otras palabras, las profecías están para evitarlas.

En cualquier caso, y con esto vamos finalizando, recordar que todo lo que he introducido hoy es elucubración, teoría. No sabemos si podemos viajar al pasado, si hay universos paralelos o un único plano de la realidad, no sabemos hasta qué punto con experimentos como el de la doble rendija es factible alterar el pasado. El que exista el destino concede un sentido. Hacemos lo que hacemos porque está preconfigurado que lo hagamos, porque el universo es así porque existimos. Sin embargo, la hipótesis del destino es eso y nada más que eso, pura teoría.

Disculpándonos por no haber despejado incógnitas, nos despedimos por hoy. Cerramos sesión aquí en El gato de Ugarit. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.



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