El viajero tranquilo


     
    Dicen que viajar ensancha el alma, o al menos mantiene la mente abierta y expectante. Te conecta con otras realidades, te extrae de la rutina cotidiana. Hay un amplio mundo más allá. Por ejemplo, para los que buscamos experiencias místicas, mágicas, sagradas, y no tenemos la suerte de saber acceder conscientemente al plano astral, se nos hace necesario trasladar nuestro cuerpo físico para contactar con la hierofanía.

        Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a “El gato de Ugarit”, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.

        Cada cual viaja por sus propios motivos. Hay quien busca lugares de descanso o de fiesta, tostarse al sol en la arena, tumbarse a la vista del mar y de las palmeras. Otros lo hacen por alcanzar una sabiduría de algún tipo, personal, trascendente, histórica, arqueológica, cultural. Digamos que lo que proponemos, o los viajes y destinos que vamos a comentar, pertenecen a esta segunda categoría.

        Sin embargo, sin el ansia o la premura de averiguar algo. No falta quien recorre el mundo incansablemente tratando de corroborar hipótesis, de dar salida a una obsesión personal. Como el famoso Graham Hancock para demostrar que existió esa civilización histórica antes de la historia. O los obsesos de los templarios ansiando recabar las conexiones que saquen a la luz la verdad sobre sus secretos. En su lugar hemos denominado esta serie de experiencias como las de un viajero tranquilo, que se propone alcanzar una mayor sabiduría, pero sin una premisa de partida, sin la necesidad imperante de buscar pruebas para formular una teoría. Aunque sí que nos planteamos la condición de que deben ser lugares especiales, aquellos en los que se pueda decir que se da una “hierofanía”, una palabra que significa: “lo sagrado está presente”. ¿Y por qué especiales? ¿Por qué de esta índole? Quizás no tanto para resolver un enigma, como para, permítanme el tópico, anhelar una verdad sobre uno mismo.

        En el mundo editorial podemos encontrar múltiples guías de lugares, digamos, especiales. Quizás la más famosa y conocida a nivel nacional sea la Guía de la España mágica de Juan G. Atienza. No obstante, prácticamente cualquier región, cualquier provincia, cuenta con su propia bibliografía al respecto. Basta con señalar un punto en el mapa, ir allí, a una librería de la localidad, ojear en la sección de historia vernácula, y encontrar un volumen sobre los lugares mágicos próximos.

        El problema de estas guías es que a menudo se mezclan las obsesiones personales del autor, o autora, con lo que se considera mágico o sagrado. Por ejemplo, Atienza investigaba sobre templarios. Entonces, aunque es cierto que expone muchos otros sitios con sus características propias, pone especial énfasis sobre todo lo templario o relacionado, dejando otros fenómenos a un lado, o conectando casi cada cosa que analiza con asuntos del Temple, el grial o afines. Otros escritores, por contra, se obsesionan con lo sobrenatural. Y, por ende, sus manuales están llenos de referencias a casas encantadas, mansiones embrujadas, sanatorios y pueblos abandonados en los que hacer prácticas de psicofonías.

        De partida, como viajero tranquilo, rechazo cualquier tipo de experimentación paranormal. Porque, ni busco corroborar hipótesis, y de investigar sobre estos fenómenos ya hay demasiado cerca de casa.

        Por otra parte, cuidado que no digo que no haya que consultar manuales. Es positivo cuando vas a un sitio tener una referencia de los principales monumentos y sus leyendas. Mas cuando llegas allí lo principal no es comprobar uno por uno los nombres del listado de atracciones que te has propuesto visitar, sino dejarse guiar por el instinto. En mi caso, la pregunta que me propongo para viajar tranquilamente es: “¿por qué un lugar es considerado mágico o sagrado?” ¿Por qué, de entre otras localizaciones, este emplazamiento es motivo de una hierofanía?

        Hierofanía es un término acuñado por el historiador de la religión Mircea Eliade. Significa, como ya he adelantado, “lo sagrado está presente”. Hay un libro que, por encima de cualquier guía, recomiendo para ser un viajero tranquilo. Es “Lo sagrado y lo profano”, escrito por el autor que he comentado. Este librito no te habla de viajes, lugares, ni te aconseja sobre cómo proceder. Más bien versa sobre lo sagrado en general, de la idea de lo mágico como principio universal. Y entre esos preceptos que se pueden sonsacar está el que el ser humano primitivo se movía casi exclusivamente dentro de lo sagrado, que, frente al sujeto contemporáneo que se permite pensar de manera pragmática ajeno a la religión, cualquier acto de la vida de nuestros antepasados, sobre todo cuanto más remotos, no pueden ser comprendidos si no se considera lo sagrado.

        Propongo un pequeño juego mental. ¿Por qué, al pasear por el campo, no encontramos oro o plata? Antiguamente era posible. Nuestros antepasados en el calcolítico, en los comienzos de las edades de los metales en la prehistoria, no excavaban minas. Encontraban las vetas de oro, plata y cobre prácticamente a ras de suelo. Cuando se agotó esta manera de hallar metales, ya sí, tuvieron que profundizar en el terreno.

        Lo que quiero dar a entender con este ejemplo es que, salvo casos contados, la mayoría de los lugares que por su propia naturaleza se pudieran considerar sagrados, ya han sido reconocidos de un modo u otro. Que hemos tenido miles de años de ancestros y antepasados que se han encargado de encontrar, identificar y marcar todo aquello que pudiera tener un interés místico y misterioso. Con un templete, con un menhir, con un pequeño altar, una virgen, una estela, una ermita, una iglesia, una catedral. O incluso con una casa. En la actualidad no sucede así. Se construye donde se ha recalificado el terreno como urbanístico o urbanizable. Pero en el pasado, cuando el ser humano emplazaba o levantaba su morada en un lugar, contaba con un significado sagrado. Siguiendo a Mircea Eliade, es el lugar donde uno comienza a plantear lo que no es caos. Es decir, todo lo que queda fuera de lo que conocemos es caos, desconcierto, hay temor a lo que hay más allá, a lo desconocido. Por lo tanto, el hogar, o el templo, con diferentes significados, porque uno es el sitio donde se duerme y el otro donde se reza, se crean, se conciben, como el centro del mundo, el punto a partir del cual comenzamos a generar nuestro cosmos frente al caos.

        Supongo que habrá quien exponga e interprete que lo sagrado no tiene por qué guardar relación con una localización específica, que cualquier lugar es bueno para reflexionar, meditar y aprender sobre uno mismo. A esto contrapongo que, según Mircea, la experiencia de lo sagrado, la hierofanía, es algo que distingue un lugar, un objeto, una persona, una idea, del resto de la creación. Más o menos, sería como el zorro de El principito, de Saint Exupery. Ya no es cualquier zorro, sino ese zorro. Y cada vez que escuchemos la palabra zorro ya no será cualquier ejemplar como especie genérica, sino ese zorro en particular. Pues esto es lo que sucede con lo sagrado, no creo que sea posible escoger un sitio sencillamente al azar.

        Personalmente, he optado por, en lugar de considerar un sitio, un emplazamiento, arbitrariamente como algo sagrado, dejarme guiar por mis ancestros, por mis maestros, y responder a la pregunta: ¿Por qué se consideró este sitio sagrado o especial? Recabar experiencias, sensaciones. Llegar a un destino, respirar, observar, reflexionar. Analizar los restos, las ruinas, la manera como está construido, edificado, la relación con la naturaleza, con el entorno, cómo están dispuestas las estancias, las esculturas, las pinturas, bajo que advocación se ha consagrado el lugar, detentar curiosidad por los símbolos, tratar de averiguar qué significan, y quizás con ello adentrarse en algún tipo de saber arcano o hermético tipo los templarios u otra orden afín. Aunque, recordando siempre que para el viajero tranquilo atender a secretos no es lo prioritario, sino más bien algo contingente.

        Incluso de la vegetación podemos aprender, hasta de la identificación de las especies que pueblan un lugar es posible obtener un hálito de sabiduría. Remitiéndome a una experiencia propia, me encontraba por las inmediaciones del Moncayo cuando en un cruce de carreteras observé a un lado un huerto algo desangelado de árboles. Parecía abandonado, descuidado. Al lado de un canal de riego. Sin embargo, con los especímenes poco frondosos, con escasas hojas. Pero hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Como bolas o esferas de vegetación mucho más densa y de un color diferente situadas entre sus ramas. Detuve el coche en el arcén. Me aproximé para investigar, y por primera vez en mi vida contemplé con mis propios ojos en persona lo que es el muérdago.

        Supongo que habrán oído hablar del muérdago. La planta sagrada de los celtas, que los druidas recogían con hoces de oro mientras musitaban conjuros que otorgaban a la rama y a su fruto poderosas propiedades medicinales. No crece sobre el suelo, sino que es un parásito de otros árboles. En este caso, sobre almendros, puesto que aquello era un huerto de almendros infestados de muérdago. No un lugar sagrado. Aunque, para mí en ese momento no podía dejar de tener un significado especial por toparme con la presencia de la mítica planta de los druidas.

        Tengo que recalcar que a veces no es cuestión de visitar todo lo que nos hemos propuesto visitar. Sino dejarse guiar por el instinto. Considerar que lo que alcancemos a ver es lo que realmente tenemos que ver, y lo que no lleguemos a evidenciar sencillamente no está dicho que tengamos que experimentarlo. Es necesario tomárselo así. Sin agobios, sin angustias. El viajero tranquilo ha de vivir el momento, y dejarse influenciar por el momento, porque las particularidades del mismo, en cuanto a nuestras sensaciones y estados de ánimo, pero también en lo referente a otras circunstancias como el clima, los compañeros de viaje, los sucesos al azar, influirán enormemente en la experiencia de la hierofanía.

        Como aquella jornada en torno al Moncayo, afectado por un singular fenómeno atmosférico. El macizo del Moncayo es una de las tantas montañas sagradas que salpican nuestra geografía patria. Situado entre las provincias de Soria y Zaragoza presenta una prominencia, esto es, una altura sobresaliente con respecto al terreno circundante, de casi mil trescientos metros.  De ahí el carácter de sagrado. Un hito visual dominante en los alrededores que es difícil no tener en cuenta. Prácticamente todos los pueblos de la región desde la antigüedad lo adoraron como axis mundi, un concepto que se refiere a un lugar que permite la conexión entre los diferentes planos de la realidad. El mundo subterráneo, la superficie de la tierra donde residimos, y el cielo donde habitan los dioses. Los cimientos de la montaña, con sus faldas, y sus cumbres que conectan con Dios.

        Me encontraba de viaje no muy lejos y decidí explorar la zona animado por las descripciones que Juan G. Atienza hace en su libro. Sin embargo, no veía la citada montaña por ningún lado. Conducía por carreteras aledañas. Dirigía mi vista hacia donde se suponía que estaba la montaña y no era capaz de avistarla. Era una sensación extraña. El día parecía límpido. No obstante, no se veía más allá de un par de kilómetros. El cielo relucía celeste, como es habitual, mas en el horizonte contaba con un tono ligeramente más oscuro, como sucio. Como digo, era extraño. Porque hasta donde alcanzaba la vista no se adivinaba bruma alguna, nada que confundiera o empañara la visión. Pero a partir de cierta distancia era como si todo se volviera invisible.

        Pensé que se debía a la calima. Pero menuda calima. Me encontraba a diez kilómetros de la montaña, y no era capaz de verla. Tuve que adentrarme en el parque natural del Moncayo para ser capaz de percibir su perfil. Más tarde me personé en Trasmoz, el conocido como el pueblo de las brujas. Gustavo Adolfo Bécquer, que pasó temporadas en el monasterio de Veruela en las inmediaciones, inmortalizó esta localidad en las cartas desde su celda. Y Trasmoz se lo ha tomado en serio, con continuas referencias a las brujas en sus calles. En lo alto del pueblo hay un mirador enfocado al Moncayo. Hay un cartel turístico con una foto de la montaña señalando en ella puntos de interés. Y menos mal que pude contemplar el Moncayo por medio de ese cartel, porque por mi parte era avizorar hacia el horizonte y nada. Un cielo celeste algo sucio y nada más. En la parte alta de Trasmoz hay un castillo. Con su correspondiente leyenda. Fue construido por un nigromante en una sola noche, de tal manera que los pobladores lo descubrieron en el transcurso de irse a dormir y levantarse al alba. Pues, con esta leyenda en mente, se me ocurrió que a lo mejor quien la ideó, el propio Bécquer, fue testigo de uno de esos fenómenos de calima como el que tenía lugar aquella jornada. Y como observó que de repente, de no ver nada,  de un día para otro apareció el castillo, se le ocurrió la historia del citado nigromante.

        Y así lo concebí y pensé que debía ser hasta que fui a un bar y pregunté a la camarera si esos días de calima eran frecuentes en la zona. Y la buena mujer me respondió que lo que estaba sucediendo, la invisibilidad que impedía ver más allá de unos pocos kilómetros, no se debía a la calima sino a otro fenómeno atmosférico. En Canadá se estaban produciendo tremendos incendios, y los vientos habían arrastrado las cenizas a través del océano para depositarlas en la atmósfera de la región. No se lo estaba inventando. Comprobé las noticias de Internet y así tenía lugar. 20 de agosto del 2024. Lo que me impedía ver la montaña sagrada no era un fenómeno corriente, sino algo que prácticamente solo se da unas pocas veces, si no solo una, en la vida.

        ¿Mala suerte?, se estará alguien preguntando. No lo concibo así. Fue una rara casualidad, un hecho fortuito, que creó una conexión especial entre mi persona y ese emplazamiento. De otro modo, no estaría grabando un programa describiendo el suceso. Como viajero tranquilo he de concebir que fue de esa manera cómo tuve que contemplar la montaña sagrada por primera vez, emplazándome a intentarlo quizás en otra ocasión.

        Expuesto esto llegamos al término de la presente emisión. Cada viaje es una especulación, una apuesta por conectar con lo que nos hace humanos. Cerramos sesión en El Gato de Ugarit esperando que les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: son todo especulaciones.


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