El infierno
El infierno es un estado mental, o al menos esa es la más reciente interpretación de la Iglesia. Ya no es un lugar concreto en el que las almas son condenadas. Sino una situación espiritual al que las personas pueden caer nada más morir consistente en el alejamiento y ausencia de Dios. Sin embargo, hay quien duda que esto sea tan sencillo, o incluso propone una teoría aún más terrible y perturbadora. El infierno no es algo que podría aguardarnos tras esta vida, sino que esto que andamos viviendo, aquí y ahora, ya es el infierno.
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a “El gato de Ugarit”, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades.
Lo primero que no hay que olvidar es que el infierno es un concepto cristiano, aún más, casi exclusivo de la Iglesia Católica. Por ello, ¿qué entiende la Iglesia por infierno? Desde la publicación del nuevo Catecismo en 1997 el infierno es comprendido como un estado mental. Más bien, como una situación espiritual en la que puede sumirse la persona nada más morir consistente en el alejamiento de Dios. Si Dios es amor, es el sentimiento supremo de gracia y dicha, si en su presencia nos imbuimos y quedamos inundados de esa luz de éxtasis y gozo, el individuo que se aleja de Dios no participa de esa sensación, se sume en la soledad, en el desamparo, en el aislamiento, el tedio, el ensimismamiento, el horror de los espacios insondables e infinitos bajo las criaturas que acechan vagando sin un destino y un propósito definido.
Esta idea de acercamiento o alejamiento de Dios ya estaba presente en parte en la mística medieval. Por ejemplo, en el sufismo islámico. El místico sufí busca el ascetismo, la abstinencia, el abandono de sí mismo, con el fin de unirse, de hacerse solo uno, con Allah. Allah lo es todo, es la unidad completa, la percepción de lo sublime. Ningún sufrimiento importa, nada perecedero es relevante, puesto que Él es la suprema expresión de amor; es suficiente, acoge y nada queda fuera de Él, ni el tiempo ni el espacio; la plenitud es lo que aguarda en torno a Él.
Aunque esta idea del cielo e infierno como cercanía o alejamiento de Dios puede desembocar en una conclusión inesperada. Si el infierno es la separación de Dios, perfectamente esta realidad en la que vivimos, esta dimensión en la que nos componemos como materia y energía, desarrollada en las tres dimensiones más el tiempo, es el infierno. Argumentos no faltarían. Es el plano de la existencia en el que el místico necesita practicar la abstinencia, el abandono y rechazo de los goces físicos, para unirse con Dios. Por lo tanto, Dios no está en principio con nosotros. Es el universo en el que el hijo de Dios se hizo carne, y padeció torturas, sufrió martirio y tormento. Un amigo del que no voy a decir su nombre, pero sí que se compone bastante más devoto que yo, concluye: “Este es el mundo en el que Cristo vino a sufrir. Por lo tanto, vivimos en el infierno”.
Pero, claro que, si esto es el infierno, el interrogante devendría: ¿qué es lo que nos espera tras esta vida? Lo que tendría que contarle a mi amigo es que, si esta realidad en la que habitamos es el infierno, la única conclusión lógica radicaría en que la Iglesia Católica se equivoca. Así como lo harían otros credos a lo largo y ancho del planeta. Errarían en cuanto a la existencia de otros planos de la realidad a los que marcha el espíritu una vez sale del cuerpo. No hay un cielo, no hay un infierno. No hay un purgatorio como lugar preparatorio. Frente a esta versión, el sistema respecto a la composición del más allá que predominaría en su lugar, sería el propugnado por la metempsicosis. O, dicho con una palabreja menos complicada, por la transmigración de las almas.
El espíritu vive sucesivas vidas. En la muerte sale de un cuerpo, se traslada a otro que se encuentra en estado de gestación o ya de alumbramiento.
Según el budismo y el hinduísmo, si el ser comete pecados, no alcanza la iluminación, la gracia divina, cuando muere su alma prosigue en esta realidad ocupando un cuerpo tras otro. Sigue en el infierno.
El budismo lo tiene muy claro. El objetivo del adepto es escapar de la rueda de las reencarnaciones, de ese continuo ocupando carcasas de carne y hueso una tras otra. El propósito del adepto es seguir la vía de la iluminación, del progresivo perfeccionamiento moral y espiritual, en esta o en las sucesivas existencias, hasta alcanzar al Nirvana. A voz de pronto, este concepto podría traducirse como la No Vida. La Nada. No seguir existiendo, sumirse en la falta de conciencia. O más bien en la plena comunión con la divinidad. Sería algo similar a lo que busca el místico sufí. Hacerse solo uno con Dios. Mas con la distinción de que conlleva el olvido de la propia conciencia, de la propia individualidad.
Entonces, siguiendo este pensamiento, se podría concluir que para el budismo, así como para muchas otras religiones orientales, el infierno no es tanto este mundo como la individualidad. El ego. Somos esclavos de nuestra propia conciencia, y hasta que no escapemos de ella no sentiremos la liberación. En la India a los santones capaces de desprenderse de todo, de sumirse en la meditación, en el olvido de sí mismo, durante horas y días, se dicen que están preparados, que son los últimos de su serie, que cuando fallezcan no volverán a renacer.
Sin embargo, para las versiones occidentales de la metempsicosis el panorama es otro bien distinto. Y alguien estará pensando ahora mismo: ¿cuáles son las versiones occidentales de la transmigración de las almas? Porque tanto el cristianismo como el Islam creen en el Juicio Final, en el Último día, en el castigo o en el premio tras esta vida.
Pues, retrayéndonos a la antigua Grecia, tenemos el orfismo. La transmigración de las almas no era una idea de agrado, o al menos muy difundida, entre los griegos. Ellos preferían cavilar en el Hades como el país subterráneo de los muertos, y en el Leteo como el río que al cruzarlo produce el olvido. Mas con una excepción de renombre consistente en los órficos, los seguidores de Orfeo, el insigne músico, que se presentó a sí mismo como el gran renovador de los cultos a Dioniso. El orfismo ha de entenderse como una variante de otros cultos dentro de un ambiente politeísta. Sus rituales se componían en parte como misterios. Esto significa que no era una religión destinada al gran público, sino tan solo a una minoría reducida que se iniciaba en sus prescripciones. No es momento de detallar de manera pormenorizada sobre los órficos, ya habrá otros programas para ello. De momento señalar que pensaban que los seres humanos poseían una doble naturaleza. Por un lado, material, entregada a este mundo, basada en la carne, y a la vez una segunda naturaleza dotada de una cierta chispa divina. Según los órficos los no iniciados estaban condenados a reencarnarse una y otra vez en este mundo puesto que no podían despegarse de su naturaleza material. Y, para evitarlo, el iniciado debía seguir una serie de preceptos como no comer carne, ni tampoco habas, amén de otras consideraciones, con el fin de alimentar y potenciar esa chispa divina y así poder permanecer en el más allá tras la muerte sin necesidad de reencarnarse.
Con esta breve descripción de lo que era el orfismo, ya es posible identificar una serie de diferencias fundamentales con, por ejemplo, el budismo. En el budismo ya hemos dicho que parece que el infierno es la propia individualidad, y que el objetivo es acceder al Nirvana como la disolución de la conciencia. Sin embargo, para el órfico el propósito no es diluir la conciencia de uno mismo, sino permanecer en el más allá sin reencarnarse. El logro a alcanzar para los seguidores de Orfeo es vivir en el otro panorama, ya sea en el Hades, en los campos elíseos, donde sea, en compañía de los dioses y héroes. Entonces, no es disolverse a uno mismo, sino como individualidad alcanzar un estado superior de dicha. Por contra, es este mundo el que encierra al espíritu. El cuerpo es la cárcel, la carne es el castigo del alma, que impide alcanzar ese estado de conciencia superior.
Algo similar lo encontramos en otras creencias ya lejos del politeísmo, incluso dentro de la heterodoxia cristiana, como lo fue el catarismo. Los cátaros fueron una secta cristiana que, en su momento, entre los siglos XII y XIII, en el sur de Francia sobre todo, en la región del Languedoc, fue considerada una herejía. Su proceso de aniquilación por parte de la Iglesia Católica es bastante conocido, profundamente estudiado, con numerosos autores, infinidad de rumores, y un sinfín de enigmas por resolver.
No es mi propósito en el día de hoy explicar lo que es el catarismo. De nuevo, como con los órficos, documentar únicamente lo suficiente para abordar el tema de este programa. Entonces, señalar que los cátaros eran dualistas. Separaban la realidad en bueno y malo. Para los cátaros Dios no es todopoderoso, sino que reside en continua lucha contra el mal. Satán, el ángel caído, fue expulsado del paraíso, y al hacerlo arrastró consigo a un sinfín de almas que obligó a tomar cuerpo en el mundo que él mismo creó. ¿Y cuál es ese mundo?, se estarán preguntando. Pues nada más y nada menos que este en el que moramos. Según los cátaros vivimos en el infierno.
Según los cátaros fue Satán el que generó esta realidad. Una vez morimos, si no hemos alcanzado un estado de perfección que nos permita ascender para habitar como individualidad con Dios, volveremos a ocupar otro cuerpo, y así sucesivamente. Según los cátaros Cristo no se encarnó como hombre, puesto que eso hubiera sido ponerse en manos del Diablo, sino que vino al mundo como holograma, como ángel, que reprodujo de manera teatral una serie de eventos como por ejemplo la crucifixión con el propósito de mostrarnos el camino para escapar de esta realidad. Según los cátaros, la reproducción, el acto sexual, con el fin de engendrar una nueva vida, es un acto perverso, pues implica condenar a un alma que reside en el más allá con Dios a ocupar un cuerpo. Dicho de otro modo, castigarla al infierno.
Como he señalado los cátaros fueron perseguidos y prácticamente exterminados en la primera mitad del siglo XIII. Hay quien especula que pervivieron de algún modo. Que su cúpula consiguió escapar y situarse en el mundo subterráneo de los secretos, el dominio y los misterios. Que su fe sigue viva en algunos grupos aislados.
La verdad es que no hace falta que siga viva. La sensación de que este mundo es el infierno no ha desaparecido nunca. Probablemente haya habido en todas las épocas heterodoxos que la han cultivado o perpetuado, ya sea como órficos, como paulistas, dualistas, bogomilas, cátaros y demás. En la actualidad por ejemplo se reinterpreta en términos muy imaginativos. Por ejemplo, por señalar una de las más sorprendentes, a manera de simulación informática. No faltan quienes indican que residimos en Matrix, tal como en la película de las Wachowski. Literalmente, no falta quien especula que habitamos atrapados en una recreación virtual a modo de juego. Incluso últimamente ha habido algún que otro artículo publicado en un medio serio que elucubra sobre el tema.
También, otra creencia bastante difundida por Internet, es que nuestros espíritus en verdad se componen como entidades de cinco dimensiones atrapadas en cuerpos de tres. ¿Por qué motivo? Supuestamente porque somos las víctimas de una guerra cósmica, no se sabe de quien contra quien, pero cuyo resultado es que nos vemos atrapados en estas envolturas de carne, hueso y flemas como un castigo. Somos las víctimas de esa confrontación, de ese conflicto. Los excluidos sin saber cómo ni por cuál razón, ni de qué manera escapar de esta realidad.
Aparentes chifladuras aparte, lo que sí es cierto, y con esto entro en la conclusión, es que no existe un consenso unificado de lo que es o nos espera en el más allá. Como homínidos llevamos dos millones de años sobre este planeta. Como Homo Sapiens cerca de trescientos mil. Como seres surgidos del Neolítico que hemos aprendido a producir nuestros alimentos y a vivir en sociedades organizadas, unos catorce mil. Miles de generaciones de seres humanos sobre este planeta. Y aún así no se ha producido un consenso de lo que hay o nos espera en el más allá. El catolicismo habla de cielo e infierno, el espiritismo debate sobre las dimensiones de ángeles y demonios, la teosofía sobre maestros ascendidos, el hinduísmo y el budismo sobre la transmigración de las almas, etc. Y, por supuesto, están los que piensan que más allá no hay nada. Que el cuerpo deja de funcionar, las neuronas se apagan, la conciencia desaparece paulatinamente, se cae en el silencio, en la nada, y ya está. Eso es todo. Como si jamás hubiéramos existido.
Como conclusión, todo este desparrame y desbarajuste lo que despierta y genera es la duda y el escepticismo.
Dicho esto, nos despedimos por hoy. Cerramos sesión en El gato de Ugarit, esperando que les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.
Comentarios
Publicar un comentario