El Diluvio
“Cuando Noé contaba seiscientos años de vida, el día diecisiete del segundo mes, brotaron todos los manantiales del fondo del mar mientras se abrían las compuertas del cielo. Estuvo lloviendo sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”.
Así narra la Biblia en el Génesis el Diluvio Universal. Para castigar el mal de los hombres que se había extendido entre ellos tras la expulsión del Paraíso, Dios estableció la aniquilación de la humanidad mediante el agua. Pero antes confió a un justo varón, Noé, la misión de construir un arca que salvara a su familia así como a una pareja de cada especie. Usualmente este relato se concibe como un mito, una fábula con su consiguiente moraleja, acerca de lo que puede pasarnos si persistimos en cultivar lo incorrecto. No más que un cuento. Nada cierto. Aunque en los últimos tiempos estamos comprobando que quizás presente un cierto viso de verdad, que el relato del diluvio pudo estar basado en hechos reales.
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a “El gato de Ugarit”, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Arqueología insólita, enigmas históricos, y prehistóricos, otros mundos, otras realidades.
En el siglo XIX el positivismo científico pensaba que la Troya de Homero no era más que un mito. Hasta que Heinrich Schliemann la desenterró en la colina de Hisarlik. Con este hecho se abrió la veda. Una horda de arqueólogos, aventureros y especuladores pugnaron por dar cuerpo real a cualquier mito o pantomima del pasado. Arthur Evans reconoció el palacio de Minos en Creta. Schulten buscó enconadamente Tartessos en las marismas del Guadalquivir. O qué decir de la Atlántida con cientos de suposiciones aún sin contrastar. Aunque si hay un mito que realmente esté cerca de verificarse, y del que puede haber ya pruebas para conjeturar que ciertamente tuvo lugar, es el del Diluvio Universal.
Por supuesto, la intervención de Dios no puede constatarse. Pero sí que pudo haber una catástrofe en la que se basó esta historia.
La Biblia no es el libro más antiguo que la cuenta. Tenemos el poema de Gilgamesh, redactado por los sumerios en la antigua Mesopotamia. Esto es, por el pueblo que supuestamente inventó la escritura. Y, probablemente, la versión de la Biblia, puesto que los judíos a lo largo de su historia vivieron periodos exiliados en Persia y la antigua Babilonia, procediera en origen de esta fuente.
Una hipótesis sobre el diluvio es que se trató de una de las tantas inundaciones que sufrió Mesopotamia. Al ser una tierra entre dos ríos, una de las ocasiones en los que el Tigris y el Eúfrates se desbordaron pudo servir para dar forma a la narración. Incluso se ha identificado que hubo una inundación especialmente destructiva hacia el 2900 a.C. que tuvo que inspirar el relato.
Sin embargo, en contra de esta hipótesis ofrecemos dos argumentos. El primero que, lamentablemente, las inundaciones catastróficas son hechos puntuales pero que se repiten cada cierto tiempo. Entonces, por muy dañina que fuera una inundación, es una más.
El segundo que el diluvio universal, valga la redundancia, fue universal. Su noticia no solo la encontramos en la Biblia o en el poema sumerio de Gilgamesh, sino en las tradiciones de múltiples culturas a lo largo y ancho del globo.
Los hindúes, por ejemplo, tienen la historia de Manu, un rey de la India, que construyó un barco por instigación de Visnú para salvarse de la destrucción.
En los relatos de China fue un dios malvado quien derribó con su cabeza una de las columnas que sostienen la bóveda del cielo, derramando hectómetros cúbicos sobre los habitantes del mundo matando a casi todos.
En los mitos de los aborígenes australianos un dios lunar con forma de rana bebió todas las aguas de la tierra y las escupió bruscamente después de que una anguila le hiciera reír.
Incluso contamos con relatos del diluvio en América, al otro lado del charco. Para los mapuches en Chile el diluvio se debió a la lucha entre dos serpientes: Trentren y Caicai. Una decidió inundar la tierra para acabar con el ser humano, la otra elevó la cordillera para salvarlos. Aparte de los mapuches también contamos con versiones del diluvio entre los incas, los guaraníes, los aztecas, etc.
Cada civilización la cuenta a su manera. Pero hay algo en común a casi todas. Lluvias torrenciales persistentes, inundaciones repentinas, y murieron casi todos. Entonces, se dilucida que el cataclismo tuvo que ser planetario.
Hay quien elucubra que se debió a un tsunami provocado posiblemente por la caída de un meteorito que se transmitió por los océanos. Sin embargo, cabe insistir. La mayoría de las culturas coinciden en ese único punto. El agua cayó del cielo. Se debió a la lluvia, no a olas gigantescas.
Asimismo, otro dato en el que debemos concordar es que el suceso tuvo lugar en un tiempo lejano pero no remoto. El diluvio se ha transmitido en muchos casos a través de tradiciones orales. Y el interrogante sería, ¿cuánto tiempo es capaz de transmitirse una tradición oral? ¿Siglos, milenios? Algún antropólogo fantasioso podría argumentar que en algunos pueblos las tradiciones orales son capaces de perpetuarse durante decenas de miles de años. Pero este se trataría de un caso puntual. Normalmente, los relatos orales son susceptibles de grandes cambios, de profundas alteraciones, mezclados con los sucesos que van ocurriendo, o directamente pasando a ser olvidados, de tal modo que la lógica nos indica que cuantas más culturas relatan un mismo hecho, primero, tuvo que ser realmente traumático y catastrófico para verse impelidas a recordarlo y, segundo, ha tenido que ser relativamente reciente para que la mayoría de ellas no lo hayan olvidado.
Pues bien, cumpliendo con estas condiciones, tenemos un candidato.
En inglés se pronuncia “Younger dryass”, pero empleando la terminología en castellano, denominaremos como “Dryas reciente". ¿Qué es un Dryas? La palabra viene de una planta, la Dryas octopetala, una flor propia de la alta montaña y de la tundra ártica. Cuando realizamos prospecciones del terreno, y analizamos los restos depositados en los estratos del subsuelo, la presencia de esta flor en regiones en principio más cálidas, ya sea en bajas latitudes o altitudes, denota que el estrato tuvo que corresponder a una época especialmente fría, con una bajada significativa de las temperaturas. Entonces un dryas es un periodo marcado por un descenso notable del termómetro.
A continuación voy a referir una serie de fechas o dataciones. Señalaré el adjunto AP que significa “Antes del Presente”, es decir, antes de nuestro momento actual, no antes de Cristo. Pues bien, hacia el 17.000 AP terminó la última era glaciar, un periodo de decenas de miles de años en el que las temperaturas se mostraban mucho más frías, con los hielos ocupando gran parte del planeta conquistando latitudes y altitudes bastante más bajas que las actuales. Por ejemplo, la mayor parte de Europa y América del Norte se encontraba sepultada por una capa de hielo de centenares de metros de espesor.
El final de la era glaciar se caracterizó por un aumento drástico de las temperaturas, del orden de una decena de grados centígrados o más de media. Esto produjo el comienzo del deshielo, con un aporte de agua a los océanos de tal magnitud que implica que en los últimos diecisiete mil años el nivel del mar haya subido del orden de unos ciento veinte metros. No es baladí ni moco de pavo esta cifra. Para ofrecer una referencia, si en la actualidad el mar subiera de golpe cinco metros, y solo cinco metros, esto significaría que la mayoría de las grandes urbes costeras como Nueva York, Tokio, Shanghai, Los Ángeles, Venecia, Nápoles, Barcelona, etc., se volverían inhabitables. Pues bien, el ser humano primitivo fue testigo de este fenómeno. Contempló con sus propios ojos cómo amplias zonas de continente en las que otrora deambulaba y habitaba quedaron invadidas bajo las aguas. No falta quien especula que esta subida fenomenal del nivel del mar es lo que ha inspirado los relatos del diluvio. Sin embargo, cabe insistir. Casi todos coinciden en la misma circunstancia: lluvias torrenciales persistentes.
Aparte que la subida del mar, aunque progresiva, fue muy lenta. Del orden de unos pocos centímetros al año, si acaso veinte o treinta en los periodos de mayor crecida. Por lo que bajo la perspectiva de los siglos que transcurrían quedaría hasta cierto punto disimulada.
Ahora bien, prosigamos. Desde el final de la era glaciar ha habido tres “dryas”, consignados como periodos donde la temperaturas tras el final de la glaciación volvieron a descender. Los dos primeros fueron relativamente cortos, de apenas doscientos o trescientos años, y las subidas y bajadas de temperaturas al inicio y al final fueron graduales. El tercero, el conocido como “dryas reciente”, o younger dryass, se emplazó entre el 12.900 AP y el 11.700 AP. Esto es, duró más de mil años. Aparte, se caracterizó por una mayor bajada de las temperaturas, entre cuatro y diez grados de media en función de la zona, incluso llegando a valores más bajos que durante la glaciación. Así como el descenso y aumento del calor atmosférico al inicio y al final del periodo no fue gradual como en los otros dos, sino bastante brusco. Se estima que al terminar el dryas reciente, la subida del valor del termómetro en las zonas afectadas fue del orden de cuatro a diez grados centígrados de media, ¡en menos de una década! Vamos, que el actual cambio climático se queda en pañales en comparación. Y, lo que es más, se piensa que la bajada de temperaturas al inicio del dryas reciente fue todavía más rápida.
Hay una película que recomiendo ver para comprender el fenómeno. Es “El día de mañana”. Relata de manera espectacular un proceso de glaciación repentina que sume a todo el hemisferio norte en una tormenta de proporciones épicas. Parece fantasía. Sin embargo, no lo es tanto en cuanto que eso que se contempla en la película es lo que en verdad se cree que sucedió al comienzo del dryas reciente. El aporte de agua dulce debido al deshielo provocó un desequilibrio de la salinidad del océano Atlántico, una alteración de la corriente cálida del Golfo, motivando un cambio drástico del clima para contrarrestar el desquite. Como resultado, caídas vertiginosas de varios grados en la temperatura en el hemisferio norte.
De nuevo, hay quien piensa que fueron estos fenómenos los que motivaron los testimonios del diluvio. Sin embargo, insisto. Las historias hablan de lluvia que cae del cielo. Cierto que se tuvo que producir una tormenta de proporciones descomunales. No obstante, sería una tempestad más de nieve que de agua. El descenso de las temperaturas fue tan acusado que directamente las precipitaciones tuvieron que convertirse en nieve o granizo, así como tan drástico que redujo considerablemente el potencial de evaporación en los océanos. En otras palabras, el descenso térmico brusco redujo la cantidad de agua que del mar pasaba a la atmósfera, y por lo tanto la tormenta se quedaría pronto sin caudal para precipitar. De hecho, el Dryas reciente se caracterizó por la sequía extrema durante esos más de mil años de duración.
No soy climatólogo ni meteorólogo, pero se me ocurre, podría barruntar, que no fue al comienzo del dryas cuando tuvo lugar el diluvio, sino al final. Como he dicho este final se caracterizó por un brusco incremento de las temperaturas de varios grados en apenas una década. La corriente cálida del Golfo se restableció, y consigo el proceso de evaporación y formación de nubes. Pero lo que no he contado es que justo a continuación de la subida, tras unos pocos años, hubo otro descenso brusco del termómetro, aunque no tan acusado como al comienzo del Dryas. Tan solo dos o tres grado de media. Mas lo suficiente para que se produjera una descomunal tormenta. Asimismo, para que las precipitaciones ya no cayeran en forma de nieve sino de lluvia, aparte que el proceso de evaporación no se detuvo. En definitiva, imaginemos una DANA de proporciones descomunales, masas de aire frío provocadas por el descenso término que elevan a su alrededor las masas de aire cálido y húmedo acumulados durante las anteriores décadas motivando precipitaciones torrenciales. Lo cual, conjunto con los grandes bloques de hielo que se derritieron y colapsaron por el incremento térmico dio lugar a cuarenta días de lluvia continua, con los manantiales que brotaron de la tierra y del fondo del mar, provocando en consecuencia inundaciones catastróficas. Y, si fuera poco, esto se aunó a la subida del nivel del océano que se reanudó de manera acelerada durante algún tiempo tras el Dryas.
Pero, sobre todo, prefiero pensar que el diluvio fue al final del Dryas y no al principio por una razón simple. Un testimonio como el del diluvio que sepultó a una gran parte de la humanidad, necesitó de una civilización precedente que fue la que quedó sepultada, de tal modo que fueron los supervivientes los que contaron el relato. Esta hipótesis no es mía, o no es solo mía. Se concibe que el ser humano antes del dryas era nómada, cazador-recolector, y que fue durante el dryas cuando se hizo sedentario, cuando generó sus primeras civilizaciones emergentes a la vera del mar. Antes del dryas, si hubo catástrofes, el ser humano se desplazaba. Huyó donde tenía que huir para sobrevivir, fue una inundación más, un cataclismo cualquiera. Al final del dryas, ante las lluvias repentinas y la posterior subida del nivel de mar, había algo ya construido que quedó bajo las aguas, y fue su pérdida, la devastación del hogar de una civilización, lo que originó el relato.
En otras palabras, el diluvio universal tiene sentido que fuera narrado y recordado si hubo una humanidad desarrollada pretérita que fue la que desapareció.
Entonces, todo cuadra, todo parece que casa, que se engarza y concatena como los engranajes de un reloj.
Sin embargo, como abogado del diablo ahora debo señalar que hay una pega. Y esta consiste en que ni el inicio ni el final del Dryas fueron sincrónicos en todo el planeta. El comienzo del Dryas reciente se remite al 12.900 AP para América del Norte y Europa, provocando un descenso generalizado de las temperaturas y una sequía pertinaz. Sin embargo, para esa misma fecha, en América del sur y África, lo que se produjo fue por contra un incremento leve del calor y de la humedad. O en Asia oriental el Dryas reciente y sus efectos también se dejaron notar como en el Atlántico Norte, pero con un retraso de unos doscientos o trescientos años, tanto para el inicio como para el final. Por lo tanto, si nos atuviéramos a este dato, o bien el diluvio fue universal, se produjo en todo el planeta, pero no de manera sincrónica, en unos sitios antes y en otros después. O bien habría que formular una explicación no tan imaginativa ni espectacular tal como un diluvio universal. Prácticamente cada cultura ha tenido que sufrir un evento de inundación catastrófica, sin ser este el mismo que el padecido por otros pueblos en otros lugares del globo. Solo que se narra de manera similar. El cielo se abrió, la bóveda celeste se quebró, etc., y el agua se derramó matando a casi todos. Y son nuestras ganas de conectar y de dar forma a un mito, a manera de pareidolia donde reconocemos un rostro humano donde no lo hay, lo que hace el resto.
Que cada cual saque su conclusión. De momento, en El Gato de Ugarit terminamos por hoy. Cerramos sesión esperando que les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.
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