La red sutil
La lección magistral está a punto de empezar. El ponente tiene fama de serio y sesudo, poco dado a fantasías. Los aspirantes a futuros arquitectos y constructores aguardan ya impacientes en el aula magna a que les nutra con su saber. El tema de la disertación trata sobre materiales de construcción nocivos, espacios poco saludables. Cualquiera espera que exponga sobre el amianto, sobre las redes de telefonía móvil, sobre las pinturas con plomo y otras sustancias perjudiciales. Lo que nadie tiene previsto, causando así la absoluta sorpresa y estupefacción, es que el profesor comience su exposición mostrando a todos un péndulo.
Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a “El gato de Ugarit”, un programa dedicado al misterio y a la especulación. Enigmas históricos, y prehistóricos, lugares mágicos, otros mundos, otras realidades. Hoy nos enfrentamos a lo sutil, aquel tipo de energía o emanación que, sin poderla percibir directamente a través de los cinco sentidos, digamos que está ahí, que de algún modo la sentimos, la padecemos, nos afecta, en menor o mayor medida, es capaz de intervenir en nuestras vidas, expresada a partir de las corrientes telúricas u otra suerte de campos.
En la actualidad, gracias a la tecnología, tenemos todo tipo de aparatos de medición. Esa suerte de equipos que, si nos atenemos a una libre interpretación de la mecánica cuántica, crea el universo al producir el colapso de las funciones de onda. Aunque no es esta la noción en la que queremos profundizar hoy. Lo sutil es lo que no percibimos directamente, ni siquiera a través de estos equipos de medición, a menos que la emanación sea muy potente. Lo sutil es aquello que, para ser detectado, se emplea el propio cuerpo como instrumento de detección. Mas no los cinco sentidos. Digamos un sexto, una sensación, una perturbación.
Las corrientes de especulación alternativa hablan de que todo es energía, todo es vibración que conecta a unos seres o realidades con otras. Las más volátiles o fugaces de esas emanaciones, y sin embargo las más importantes y la que más se estudian desde estos terrenos, precisamente por ser poco evidentes, son las energías sutiles. No obstante, por no ser generalmente detectables por los instrumentos científicos, estos estudios son tachados de pseudociencia, de patrañas sin fundamento.
Por mi parte, no puedo hablar ni a favor ni en contra porque no tengo demasiada experiencia en estos menesteres, y las escasas veces que he probado no he obtenido gran resultado. Por ello, a día de hoy no puedo mostrar evidencia empírica de lo que voy a contar. Mas, como señalé en su momento, sí que conozco a sujetos que, con la garantía de que me están contando la verdad, o al menos su verdad, me hablan de estos fenómenos. Por ejemplo, la anécdota con la que he comenzado la emisión de hoy. Un profesor con fama de serio, un alumnado expectante. Y, de repente, para comenzar la ponencia, muestra un péndulo para exponer sobre campos terrestres y geobiología.
La energía es potencial de transformación. La Tierra presenta un núcleo de níquel e hierro fundido que, al moverse de manera autónoma con respecto al manto, genera un inmenso campo magnético gracias al cual nos encontramos vivos, pues ayuda a repeler y a atenuar, conjunto con la capa de ozono, la radiación cósmica que afectaría de manera fatal a nuestro ADN e impediría el desarrollo de cualquier forma de vida. Esta es la parte científica y comprobable del asunto. Podemos constatar que existe el campo magnético terrestre, y que existe la radiación cósmica. Lo que ya resulta mucho más complicado es evidenciar que, el potencial magnético terrestre, en contraste con el de otros cuerpos o astros, genera redes de emanaciones magnéticas sutiles que solo son discernibles utilizando el propio cuerpo humano como instrumento de medición. Estas diferencias de potencial se recogen bajo el nombre de cosmotelurismo, en otras palabras, la interacción de corrientes telúricas y cósmicas, y por lo general solo son detectables por medio de las técnicas radiestésicas.
Radiestesia significa “sensibilidad a las radiaciones”. Hay personas más sensibles que otras. Algunas expresan que son capaces de sentir las “energías” sin necesidad de ayudas. Para el común de los mortales por contra hace falta algún medio de apoyo, un amplificador, como pueden ser el péndulo o las varillas. Por ejemplo, podemos apañarnos de dos varillas metálicas dobladas en ángulo recto, con un extremo más corto que el otro. Debemos sostener las varillas por el extremo corto en paralelo entre sí y con los extremos largos en horizontal con el suelo, sujetándolas sin hacer fuerza, permitiendo que pueden moverse libremente. Pedimos a una persona que se ponga con las palmas abiertas frente a nosotros, nos disponemos a cierta distancia y nos vamos acercando lentamente. Posteriormente nos alejamos. En teoría, conforme nos aproximamos observaremos que, en un momento dado, las varillas se ponen a girar hacia dentro, y por contra conforme nos alejamos volverán a su posición paralela. La explicación consiste que poseemos un aura energética, un campo electromagnético producido por nuestros procesos vitales que, en contraste con el de otra persona, genera una diferencia de potencial que hace girar las varillas en la dirección impuesta por el campo. Por lo tanto, si aceptamos esto, nosotros también somos fuente de emanaciones sutiles.
En esto se basa la radiestesia. El péndulo, la vara de zahorí, las varillas, funcionan como intensificadores de este contacto energético diario que normalmente no percibimos. Con otras personas, pero también con fenómenos terrestres.
La radiestesia moderna nace en Francia a comienzos del siglo XX. Por ejemplo, tenemos la figura del padre Peyré que en 1935 postuló con sus experimentos la existencia sobre la superficie terrestre de zonas de mayor emanación de energía. Aunque habrá que esperar a la figura del alemán Ernst Hartmann en 1951 para dar mayor sonadía al asunto, así como para formalizar la disciplina. Este investigador, haciendo uso no ya de los típicos instrumentos de la radiestesia, pero sí de medidores de la resistividad eléctrica del cuerpo humano, detectó la existencia de lo que podríamos denominar como puntos calientes donde los valores se alteran. Situando estos puntos en el plano, comprobó que formaban como una cuadrícula. Por lo tanto, concluyó que existían una serie de líneas de energía demasiado sutil como para ser detectadas, rectas y paralelas en dirección norte-sur, y este-oeste, formando una malla ortogonal, la cual en los cruces aumentaba su intensidad.
Pues bien, estos son los denominados cruces Hartmann. Supuestamente se encuentran a nuestro alrededor. Las líneas Hartmann presentan un grosor de unos 21 centímetros. Sus ejes se distancian cada dos metros en dirección este-oeste, y cada dos metros y medio en dirección norte-sur. Sus emanaciones fluyen en vertical desde el terreno hacia el espacio hasta varios miles de metros de altitud. Se distribuyen homogéneamente sobre la superficie. Aunque en función del tipo de suelo, y también de estructuras e infraestructuras de origen humano como edificios o vías férreas, pueden distorsionarse o incrementar o decrecer en intensidad. La explicación para su existencia se debe a que el planeta funciona como un gigantesco imán, y a través de esas líneas es como irradia la relación energética con el resto de cuerpos celestes en el cosmos.
La red Hartmann no es la única. Posteriormente fue descubierta la red Curry, que se posiciona en diagonal con respecto a la Hartmann. Es decir, se trata de una malla de líneas en dirección noreste-suroeste cada ocho metros, y noroeste-sureste cada seis metros, con un grosor de unos cuarenta centímetros. Tenemos los cruces Curry, con la misma intensidad que los cruces Hartmann, y después tenemos los puntos doblemente calientes cuando se produce la coincidencia en el espacio de un cruce Hartmann con uno Curry.
Ambas mallas conformarían la red global de radiación. Como se ha dicho, con excepción de los cruces, las líneas de estas redes presenta una energía demasiado sutil y leve como para producir afecciones. Más potentes son las corrientes telúricas. La palabra viene de Tellus, el nombre de la divinidad terrestre para los romanos. Estas corrientes no presentan una distribución homogénea y global, sino más bien son producidas por singularidades en el territorio. Por ejemplo, las corrientes de aguas subterráneas. Cuidado que no los acuíferos o depósitos en profundidad. Debe haber cierto movimiento de caudal. La fricción del agua con el terreno es lo que produce los campos magnéticos que, como las redes globales, se expresan sobre la vertical hacia el espacio hasta miles de metros de altura. Otros fenómenos que se muestran proclives a causar estas fuerzas telúricas son las fallas geológicas, de decenas de metros de anchura, o los depósitos de minerales como de magnetita y de hierro especialmente. Algunos teóricos indican que, con el desarrollo humano, ya no son solo estos elementos los que producen estas emanaciones. También tendríamos las producidas por estructuras de origen artificial como conducciones de agua corriente, redes de alta tensión o antenas de telefonía.
En cualquier caso, nuestro cuerpo se ha acostumbrado a estas “energías”. Salvo casos de personas especialmente sensibles, no somos por lo común conscientes de que pasamos por encima de un cruce Hartmann, de uno Curry, de una corriente de agua subterránea, ni siquiera que nos hallamos en los alrededores de una central de alta tensión. Necesitamos los amplificadores, digamos péndulos, varas, varillas, para hacerlo. Pero, a pesar de no percibirlas, hay que hacer notar que pueden llegar a afectar nuestra salud.
La Geobiología es la disciplina que estudia la afección de las singularidades de la Tierra sobre el organismo. De acuerdo con lo que hemos comentado, la Geobiología identifica una serie de lugares que son los denominados puntos geopatógenos, es decir, localizaciones donde las singularidades del terreno pueden producir enfermedades, como los cruces Hartmann, los cruces Curry, sobre la vertical de las corrientes telúricas, o en las confluencias cuando coinciden sobre el terreno varios de estos fenómenos. Generalmente, no notamos nada al pasar sobre estas localizaciones. Pero a nivel sutil e inconsciente nuestro cuerpo reacciona, se imanta, se energiza. Si nos situamos sobre estas confluencias durante un corto espacio de tiempo, tendemos a mostrarnos alegres, receptivos, eufóricos incluso. Si prolongamos un poco más nuestra permanencia, como sucede en variadas circunstancias de la vida, lo poco agrada, lo excesivo harta y cansa. Por ello, empezamos a padecer otros síntomas como cansancio, nerviosismo, apatía, etc.
Imaginemos que no solo sucede que prolonguemos nuestra estancia sobre estos sitios, sino que permanecemos una importante porción de la jornada durante todos los días del año. Como, por ejemplo, el lugar en el que dormimos, o nuestra silla en el despacho en el que trabajamos. Los síntomas son más graves, causando alteraciones del sueño, depresiones, e incluso alcanzado a desarrollar cáncer.
En el mercado podemos encontrar numerosos libros que hablan sobre estas circunstancias, versando sobre cómo geolocalizar nuestro hogar, nuestros enseres, organizar nuestro espacio doméstico con respecto a los mismos para evitar estas dolencias. El Feng-Shui, el arte tradicional chino que precisamente versa sobre estas cuestiones de localizar, organizar, el fluir de la energía, de la suerte, de la felicidad y de la salud, presenta muchos de sus preceptos basados en estos temas. Por ejemplo, la prohibición de construir tu hogar sobre las venas del dragón. En otras palabras, sobre las corrientes telúricas.
Sin embargo, otra cuestión bien diferente son los lugares sagrados. Hay que diferenciar. Por un lado, tu casa, tu dormitorio y tu cama en los que vas a pasar la mayor parte de tu vida. Por el otro los lugares sagrados donde transcurres apenas los momentos de oración. Los menhires, dólmenes y círculos de piedra suelen situarse sobre los puntos de poder, como se suele llamar a los lugares de concentración de corrientes y cruces. Aparte de los menhires, también es frecuentes que estos emplazamientos coincidan con los puntos donde se localizan los altares de las iglesias y catedrales. Porque, una cuestión es la de perder la salud, y otra la de alcanzar un estado proclive para la iluminación, las ascesis, la Epifanía, la oración.
Asimismo, no solamente estas corrientes afectan a las personas, sino también a los animales y a las plantas. Hay animales que rehuyen de los lugares de poder, no suelen permanecer en ellos. Hay especies vegetales, sobre todo los cereales, que al ser cultivadas sobre zonas de alta emanación telúrica sufren malformaciones o directamente no germinan. Sin embargo, con otras ocurre lo contrario. Crecen mejor sobre puntos energéticos. Por ejemplo, estamos hablando de los árboles del género Quercus, como el roble, la encina o el alcornoque, curiosamente los árboles que los romanos consideraron sagrados o de los dioses.
En definitiva, se trata de un universo este muy amplio y con muchas acepciones y contrastes. Apenas, en este programa nos encontramos arañando la punta del iceberg. Ya habrá tiempo para expandir y profundizar. De momento señalar, y recordar, que, de cara a la ciencia, no hay nada demostrado, comprobado y, es más, no son más que supercherías, creencias y supersticiones. Pero, por contra, tenemos toda la bibliografía y el caudal de experiencias de seres cercanos al respecto. Argumentos para creer y descreer los hay a cientos. Eso ya es la libertad y el escepticismo de cada cual.
Solo queda despedirnos por hoy, haciendo hincapié que este ha sido un programa para presentar conceptos de los que ampliáremos en futuras emisiones. Esperando que les haya sido de interés, cerramos sesión aquí en El gato de Ugarit. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: son ante todo especulaciones.
Comentarios
Publicar un comentario