La Triple Diosa


La comunidad acaba de recoger la cosecha. Se reúnen de madrugada en el claro entre las chozas a la luz de la Luna llena. El chamán relata la tradición. “La Diosa nos acompaña. Nos provee”, narra con voz profunda. “Nos mira desde el cielo con su cara blanca. Es la que hace que las plantas crezcan, que las mujeres den a luz. Nos enseñó la agricultura, a cómo cultivar las semillas. Nos sacó del continuo deambular y nos entregó un destino”. De repente, un perro ladra. El sacerdote interrumpe la evocación. Los asistentes se levantan porque puede que haya olisqueado a un lobo. Pero niegan con la cabeza cuando ven que no se trata más que de un gato montés que persigue roedores entre las casas. 

Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Bienvenidos a “El gato de Ugarit”, un programa dedicado a la especulación y al misterio. Arqueología insólita, enigmas históricos, y prehistóricos, otros mundos, otras realidades. Hoy, en esta tercera edición, abordamos por primera vez el trasunto de la arqueología misteriosa, de la historia heterodoxa o alternativa, que promete dar muy buenas sesiones en este programa. Aunque, más que de historia hoy versamos sobre prehistoria. En particular sobre las divinidades femeninas, aquellas que fueron las primeras en los orígenes de la religión en los primeros compases del tiempo. 

Tratar de prehistoria siempre es un enigma y un dilema. Si nos atenemos a la definición, la prehistoria es lo que hubo antes de que hubiera testimonios escritos. Lo que tenemos son yacimientos, restos, que son estudiados e interpretados. Muchos de los yacimientos están incompletos. Nos falta gran parte de la información. Se rellenan los vacíos con suposiciones, con interpretaciones extraídas de mitos y de tradiciones. 

Por ejemplo, las evidencias nos muestran que las primeras divinidades fueron primordialmente femeninas. Así sucedió aparentemente en un principio.

En el Paleolítico éramos cazadores y recolectores, cazábamos animales y hacíamos acopio de frutos del campo. No nos quedábamos en un sitio fijo. Éramos nómadas y nos movíamos por el territorio. De esta etapa tenemos a las Venus paleolíticas, las estatuillas de mujeres con amplios senos y rotundas curvas, con apenas detalle del rostro que nos hablan de la fertilidad. Se han reconocido más de doscientas en la gran extensión que va desde los Urales hasta los Pirineos. Hay que decir que doscientos es un número considerable, sobre todo si nos referimos al Paleolítico, la primera etapa de la humanidad. De acuerdo que duró cientos de miles de años, pero de ella nos quedan relativamente pocos restos. Y por ello podríamos conjeturar acerca de la existencia de una Diosa madre primigenia común a los pueblos prehistóricos de las que estas Venus serían el ejemplo notable. 

En el Neolítico el ser humano se hizo productor de alimentos. Aprendimos a cultivar plantas, y a criar animales. Nos hicimos sedentarios. Son los inicios de la civilización. De esta época tenemos bastantes más vestigios. Si bien apenas conservamos nombres de diosas porque aún no estaba inventada la escritura. En este contexto, he de destacar el enorme trabajo de la arqueóloga lituana Marija Gimbutas. Tiene varios libros al respecto. Por ejemplo, “Diosas y dioses de la Vieja Europa”.  Fijaros que empieza por la palabra “Diosas” en femenino, porque la mayoría de representaciones eran de deidades femeninas. En cuanto al concepto de “Vieja Europa”, profundizaré en futuros programas y de momento decir que se refiere a las antiguas civilizaciones que se desarrollaron en la Europa sur-oriental, en torno al río Danubio. Como Vincha, Starcevo o Cucuteni, que, según Gimbutas, ya conocían los avances del Neolítico en una fecha tan temprana como el 7.000 a.C.

Gimbutas llegó a estudiar más de treinta mil restos de estas culturas. Un número significativo. E identificó lo que ella denominó como Gran Diosa como una única deidad con muchos atributos. Gimbutas reconoce muchos tipos de representaciones diferentes. Hay una diosa pájaro, una diosa abeja, una diosa osa, una diosa serpiente, etc. Pero nos aclara que, según ella, no son diosas distintas, sino atributos de una misma y única deidad. 

Aparte de Gimbutas, otro libro fundamental para comprender este fenómeno es “La Diosa Blanca” de Robert Graves. Este autor explora la naturaleza de estas divinidades no a partir de restos arqueológicos sino de tradiciones poéticas. En su mayoría célticas, pero también grecorromanas. Como, por ejemplo, en “El asno de oro” de Apuleyo se habla de la Gran Diosa  que confiesa recibir muchos nombres, como Minerva, Ceres, Hécate o Proserpina. Pero, además, que su naturaleza es triple, porque presenta tres facetas fundamentales, que paso a resumir como el nacimiento, la casa y la muerte. Estas tres facetas se corresponden con tres rostros de la Diosa como tres mujeres: joven, adulta y anciana, que a su vez se correlacionan con las fases de la Luna: creciente, Luna llena, y menguante. 

Recapitulando, la Gran Diosa tenía tres rostros. El rostro joven se correspondía con el nacimiento, con todo lo que da la vida. Como los árboles que reverdecen, las semillas que brotan, los animales que procrean, la mujer que da a luz. El rostro adulto se relacionaría con la casa, entendida no solo como vivienda física, sino como la naturaleza que da soporte al ser humano. Es la que organiza, la que administra, y que bajo su techo nadie trate de doblegar su voluntad o de reemplazarla. Finalmente, el rostro anciano es el que uno encuentra en su camino a ultratumba. 

Ninguno de los rostros es suficiente en sí mismo. Sino que integran un todo constituyendo los ciclos. Invierno y verano; vida, muerte y resurrección. El nacimiento, que se desarrolla con el rostro joven, da paso a la plenitud y la comprensión de lo que nos rodea con el rostro adulto, para finalizar con el último periplo bajo la admonición del rostro anciano. De este modo, la Diosa es a la vez amorosa y pavorosa, bendita y terrible, risueña y mortífera, encarna tanto la alegría de la niña que sonríe, como la flor que pierde su belleza, se marchita y se pudre. Nos nutre con sus pechos henchidos de leche cuando las nubes son blancas, o nos castiga con su furia en los oscuros frentes de tormenta.

Por lo tanto, en el Neolítico teníamos una magna divinidad, y esta era mujer. O más bien tres mujeres. Joven, adulta y anciana, que corresponden a la generación, la casa y la muerte.

Ahora cabría hacer un inciso. Alguien se estará preguntando: ¿y la Madre Tierra? De acuerdo, la Gran Diosa contaba con tres rostros pero, ¿dónde queda la Madre Tierra.? Para ello vamos a introducir un mito primordial común a muchas culturas. Reza así:

En el principio había agua, arriba y abajo, a izquierda y derecha, nada más que agua. En el agua surgieron corrientes y remolinos, y de estos remolinos se originaron los primeros seres, las serpientes cósmicas. Una de ellas puso un huevo, que se partió en dos. La cáscara superior constituyó el cielo, la inferior la tierra, y de su interior nació la Diosa. 

Con este mito del Huevo cósmico, que entre otros relata la propia Gimbutas, se comprueba que la Gran Diosa y la Madre Tierra son entidades diferentes. Normalmente se confunden. Se suele hablar de diosas primigenias, y a menudo se parla indistintamente de la Diosa de la fertilidad, o de la Tierra como de una única entidad. Pero no es así. Recordemos que entre los griegos Hera, Hécate o Deméter, son deidades diferentes de Gaia o Gea. O que con los romanos Ceres y Juno van por un lado, mientras que Terra o Telus se yergue por el otro. 

Aparte, al menos en el origen, hay otra diferencia fundamental. La Gran Diosa era suficiente en sí misma. En apariencia no requería de varón para desarrollar su potencial. Se elucubra que esto es una reminiscencia de lo que ocurría en el Paleolítico. Observando las creencias de muchas tribus apenas contactadas, algunos arqueólogos y antropólogos conciben que quizás el hombre en el Paleolítico no sabía que podía ser padre. En otras palabras, no sabía que las uniones con la mujer eran el motivo por las cuales esta quedaba embarazada. Más bien la magia aposentada en esta era lo que la hacía quedarse encinta. La mujer era mágica porque concebía y daba a luz. Y, del mismo modo que daba a luz, su poder, su magia, era lo que hacía que las plantas crecieran y florecieran.

A diferencia, la Madre Tierra parece pertenecer a una fase posterior. En el Neolítico se desarrolló la ganadería, se estudió el comportamiento animal, y por comparación el hombre asimiló que era el padre de lo que en el vientre de la mujer crecía. Posiblemente, en este contexto, es donde surgieron las dualidades. Como hombre y mujer, o cielo y tierra. Recordemos el mito del Huevo cósmico. Se partió y la mitad inferior constituyó la tierra y la superior el cielo. La Madre Tierra es femenina mientras que el Padre Cielo es masculino. Hay una distancia entre ambos que es el plano en el que vivimos. Y el rayo de tormenta es lo que salva esa distancia. Es el esperma, el poder seminal, procedente del Padre Cielo, que fecunda a la Madre Tierra para producir vida.

Hay variantes de este mito del Huevo cósmico. En vez de agua podemos encontrarnos el caos, la oscuridad. En vez de la serpiente cósmica un pájaro. Según los órficos del interior del Huevo no nació una diosa, sino un ser hermafrodita, con los órgano sexuales tanto masculinos como femeninos. Pero estas variaciones responden a cosmogonías bastante posteriores. 

Porque si nos retrotraemos al comienzo, tenemos a la Madre Tierra como el mundo inferior, al Padre Cielo como la bóveda celeste, y a la Gran Diosa como la que nace del interior del Huevo. Era independiente de estos principios, suficiente en sí misma. El cielo y la tierra solo eran los soportes sobre los que esta actuaba.

Por esta razón, aunque en el Neolítico el hombre descubriera que era el padre de la criatura, durante miles de años la mujer siguió gozando de una situación de privilegio, puesto que la Diosa se comprendía como una entidad que no requería de consortes. Según Robert Graves las sociedades de por entonces eran matriarcales. La Diosa tenía tres facetas: la generación, la casa y la muerte. En correspondencia, la mujer era la que poseía la tierra, porque sin su intercesión las plantas no crecían; quien dictaba en el hogar como la protectora; y quien acompañaba a los difuntos en su último viaje y por tanto protagonizaba la relación con lo ultraterreno, la que oficiaba el hecho religioso. Del mismo modo que hoy en día los tres poderes son legislativo, ejecutivo y judicial, esos eran los tres poderes durante el Neolítico: la fecundidad, el hogar y el más allá.

No obstante, en un momento dado todo eso cambió.

Fijémonos, por ejemplo, en la mitología griega. En un principio había caos, oscuridad, y del caos nacieron Gea, la Madre Tierra, y Urano, el Padre Cielo. En algunas versiones, como la de Hesíodo, no fueron engendrados a la misma vez, sino que Gea dio a luz a Urano para que la envolviera y la protegiese. Posteriormente, se apareó con él para dar lugar a los titanes. Y de los titanes nacieron los dioses; como Hera, diosa del matrimonio y protectora de las mujeres; Hécate, la de los tres rostros, diosa de la magia y la brujería; o Deméter, diosa de la fertilidad y la agricultura. Estas tres divinidades, así como otras muchas, serían atributos de lo que en un principio fue una única deidad, la primitiva Gran Diosa primigenia. Solo que con el tiempo su culto se fue fragmentando concretándose en distintos nombres. Asimismo, estas divinidades ya no son independientes del cielo y de la tierra, sino parte de su progenie, de sus descendencia. Y, si fuera poco, no son suficientes en sí mismas. Sino que, por ejemplo Hera está casada con su hermano Zeus, considerado el señor del Olimpo, señor del rayo, y el padre de los dioses.

¿Qué pasó entre medias? ¿Por qué se derivó de una situación a la otra?

La versión digamos más aceptada narra que, entre el 4.000 a.C. y el 2.500 a.C., los pueblos pastores de las estepas de Rusia y Asia Central, irrumpieron en escena. Venían de lugares donde el ganado era casi el único sustento. Debían ser duchos en las armas para proteger sus rebaños así como para robárselos al prójimo. Puesto que en la guerra radicaba su poder, y el principio de su abundancia, el hombre dedicado a las armas debía ser el amo del hogar. Y, en consonancia, aparecieron dioses masculinos para ser los principales del panteón. Fueron los pueblos de los estepas quienes idearon estas transformaciones y, desde sus localizaciones originarias, irrumpieron en oleadas conquistando e imponiendo su religión, y su lengua, sobre medio mundo desde Iberia hasta la India. 

Sin embargo, no tengo tan claro que esto sea tan fácil, que la explicación sea tan sencilla como que hubo una invasión y nuevos dioses fueron adoptados. Las masas conquistadas suelen conservar y perpetuar sus deidades, lenguas y creencias. A menos que hubiera un proceso de adoctrinamiento, pero los guerreros no tenían tiempo para adoctrinar a sus siervos. 

Asimismo, puedo comentar. Los íberos y los celtas eran pueblos guerreros, según estudios genéticos recientes se ha comprobado que además procedían por linea paterna de los pastores de las estepas. Aún así componían sociedades matriarcales, con la mujer ocupando puestos de prestigio en la casta sacerdotal en la veneración de la Madre Tierra.

Por contra, los aqueos o micénicos, los antecesores de los griegos, no guardaban demasiada relación con estos pueblos esteparios según ha dictado la genética. Aún así presentaban un panteón dominado por tres dioses masculinos, con las deidades femeninas en un segundo plano. 

En conclusión, hay algo que nos estamos perdiendo, un giro de los acontecimientos entre medias del que no se habla o no se sabe. En cualquier caso, que pone en duda el relato actual de los hechos. ¿Realmente fue la invasión de los pastores esteparios la causa de este cambio, o hubo otros factores más sutiles en juego? 

En definitiva, el puzzle se halla incompleto, con piezas debajo de la mesa o que directamente las hemos barrido con el tiempo. En un principio estuvo la Triple Diosa, pero no podemos asegurar de qué manera perdió su influencia o se derivó hacia las mitologías de corte patriarcal de griegos y romanos. Hay que seguir investigando, indagando, continuando con este y otros temas. ¿Qué otros secretos nos aguardan en las profundidades de la Prehistoria?

Con estas incógnitas aún por resolver, nos despedimos por hoy. Cerramos sesión aquí en El gato de Ugarit esperando que la emisión les haya resultado de interés. Buenas tardes, buenos días, buenas noches. Y, recuerden: no son más que especulaciones.


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